27 octubre 2009
25 octubre 2009
Pacanda

Resulta que Pacanda además de ser un pueblo de Asturias al que puse nombre durante un sueño de una noche ganada, también existe en la realidad del estado de Michoacán de Ocampo en México, donde así es llamada una isla del lago Pátzcuaro.
El nombre proviene del purépecha y significa " empujar algo al agua".
Quién iba a decirme que soñaba en purépecha.
23 octubre 2009
Regalo
Bebió el agua que tanto tiempo hacía que no cataba y consiguió encontrarle sabor, el sabor de su juventud, cuando tuvo que abandonar su querida Tereñes para ir a una Venezuela inhóspita, a la que no sabía si llegaría a querer tan solo un poco de lo que amaba a su querida Asturias. Había perdido su acento, logrado con la facilidad que da escuchar a los tuyos, de tanto oír hablar el castellano de ultramar. No tuvo la suerte de ser emigrante en un país donde la lengua fuera tan extraña, que le hubiese mantenido los dejes de su casa intactos.
Realmente, su vida en Venezuela fué un paréntesis. No tenía historias que contar, pues el tiempo transcurrido no llegó a transformarse en eso, en historias que contar. Ni tan siquiera contó el país con un presidente que diera que hablar, hasta muchos años después de su regreso. Fué la vida de otro, la vida sin vivir.
Buscó sus huellas por el entorno, pero no hubo suerte. Cómo era posible que los dinosaurios lo hubiesen logrado y él, que se había mantenido fiel a su tierra desde tan lejos, no encontrase el menor vestigio de sus madreñas. Dónde estaba el premio a la fidelidad, a esos años no vividos aguardando el regreso a la verdadera patria querida de la canción, que hubo veces que bebió hasta que los perros le lamieron el hocico, para entonarla, o desentonarla en su caso, como Dios manda.
Texto de mi querido Rafa Utrera. Fotografía de Piedra, hoy, desde la ventana en Pacanda
22 octubre 2009
En recuerdo de Miguel "El Grande"
Bajaba de la sierra
con palmitos y esparto
un día de mala suerte.
Tres penas de muerte
le impuso el tirano
por pasar por el puente
de Ana María
la tarde que estalló
el petardo.
Cuando le conocí,
venía de recorrer
los penales de España,
de Ocaña a Santoña,
de Santoña al Dueso
del Dueso a Ocaña
y vuelta a empezar,
durante los veinticinco
años en que le quedó
la perpetua con la remisión.
Aún era recio
y de potente voz.
Ahora no es nada
-me contaba-, antes pegaba
un grito
en lo alto del río
y se oía en la mar.
Fue a regresar al pueblo
aquel año de las papas baratas
y decía con su vozarrón:
a mi qué me da
el precio de las papas,
salí de tres penas
de muerte,
ya aguantaré que
las papas no valgan.
Todo es real en el poema. Mi pariente Miguel, tan grande como buena persona, estuvo media vida en la cárcel por ser el primero en pasar después de haber explotado una bomba bajo el puente de Ana María cerca de Nerja (Málaga). Lo condenaron injustamente a tres penas de muerte, como si fuese a vivir tres veces; después se la conmutaron por cadena perpetua y salió de la cárcel con la amnistía a los 25 años de la guerra civil.
Cuando le conocí acababa de llegar a Nerja, donde labraba unas pequeñas tierras. Vestía pantalón de pana raído por el uso y chaqueta de tela. Su voz era tremenda, parecía salir del interior de la tierra. Es cierta la anécdota del precio de las patatas ( papas en Nerja ). Cultivó papas el año de su regreso a Nerja y al cosecharlas no se costeaba ni el precio de la simiente.
Fotografía: Puente de Ana Maria. Nerja
20 octubre 2009
Anochece en Pacanda
Sin saber,
la tarde se vuelve noche
tan despacio
como el aire brisa,
la luz estrella.
Pierden el perfil las encinas.
Respira fatigada la lechuza,
y repite sin descanso
su nombre el búho,
haciendo eco en la montaña.
Dos luceros brillan a ras de suelo:
el gato busca compañía.
Ladra el perro sin motivo aparente,
¿Será a la ronda del raposo,
o al paso rápido del jabato?
El cielo se cubre de estrellas.
Luce casi blanco
el “Camino de Santiago”,
recordando a los romeros
que pueden continuar la ruta.
El silencio se hace grande,
la noche viene tranquila.
Descansan los cuerpos
se calma el espíritu.
Llega la noche a Pacanda.
Fotografía: Anochecer en Piedra ( Llanes ).
18 octubre 2009
LLanes. Sus ventanas
Llegarán despacio
a mirar de cerca
las ventanas de flor y piedra.
Llegarán de tierras diversas,
dispersas por el mundo
con ventanas diferentes.
Unas al Sur, de cal y reja;
otras de cristal
con delicados visillos;
o de madera multicolor
en los cantones de Suiza.
Todas bonitas,
pero las ventanas de Llanes
de sencilla piedra y flor,
son tan bellas,
que desde hace siglos
llegaron gentes
a conocerlas.
Fotografías: Llanes, Asturias
15 octubre 2009
Ribadesella. Luz de otoño
Imagino un paseo
junto al mar,
donde caminar
con el sol de cara
a resguardo de la montaña.
Otear los barcos
que vuelven del Gran Sol.
Mirar los pescadores
con toda su calma
en la lucha por las lubinas.
Ver los remeros
bajar y subir la ría
a prisa por llegar.
Qué distinto los días
de la juventud a la madurez.
Ahora ver pasar las olas
llena toda la vida,
antes mirar el mar
era perder tiempo.
¡Cuanto cuesta aprender
que el tiempo no se pierde!
Fotografías: Ribadesella, Asturias
13 octubre 2009
Pacanda. Inicios de otoño
La última flor del verano aparece herida en el esplendor de sus pétalos blancos, conoce lo efímero de la belleza, sabe que su lucha contra el destino es vana, pero mientras tanto muestra orgullosa su beldad y se deja acariciar por la luz suave, delicada, del sol otoñal.
La parra virgen se defiende con toda su fuerza de los primeros fríos de la mañana, y antes de dar sus hojas al viento las viste de rojo intenso, perdiendo su virginidad. Quiere mostrar que su ofrenda no es gratuita, es su forma de pedir al sol que sea capaz de renovar su fortaleza para que pronto pueda levantar sin esfuerzo la niebla de la aurora.
10 octubre 2009
Hace medio siglo

Tardes grises de otoño, patio de internado. Granada hace 50 años. Un niño mira tarde tras tarde pasar las bandadas de aves en perfecta formación, no conoce su destino, pero vuelan libres turnándose en el vértice de la “v” para romper la resistencia del aire.
El cielo casi siempre cubierto con nubes que amenazan agua y la silueta de los pájaros recortadas en la tenue luz del atardecer. Parece increíble, hace tanto tiempo, y la imagen perdura nítida en la retina, como si fuese ayer. Sería el contraste entre la sordidez del internado y la libertad de los pájaros lo que ha hecho guardar el recuerdo.
Ahora que rememoro, los que éramos inútiles para el fútbol nos refugiábamos al final del campo, en el talud de la acequia, para construir galerías y túneles donde quemar las hojas secas y hacer salir el humo por las chimeneas excavadas en la tierra. Pero seguro que cuando ya salía el humo nos dedicábamos a mirar el cielo, el recuerdo de las fogatas se difumina ante la imagen del paso de los pájaros volando muy bajo camino quizás de los chopos de la vega. Hace ya medio siglo.
Fotografía: Cielo de Granada.
01 octubre 2009
Día de mercado. Huelva
Imaginaos llamarse Miguel y vender churros desde 1868 en el mismo local ( puestos números 6 y 7 ); no os asustéis, es el mismo tiempo que lleva el vendedor de lotería repartiendo suerte a la puerta del mercado, bueno, este empezó un poco antes, en 1812 cuando la ciudad liberada del francés, quedó bajo la jurisdicción del gobierno de Cádiz que había implantado la lotería moderna con el fin de hacer frente a los gastos de guerra. Lo único que ha cambiado es que cuando se prohibió la venta ambulante se agenció una silla para sentarse.
El que lleva también su tiempo, es el señor que busca una colocación para su nieto mirando las ofertas en el cartel anunciador del “Gran Teatro”. No sabemos en realidad si el cartel era anteriormente de un local de espectáculos o se refiere al gran teatro de la vida. Allí se recogen desde las ofertas de clases de latín a domicilio, a los reclamos de fontanería moderna en cobre, los anuncios de pintores de brocha gorda o el de “señora decente se ofrece para cuidar niños o caballeros”. Para no cansaos os copiaré sólo el de la venta de garaje económico para coche sin carnet o el de “marido en alquiler”. Si no lo veis con vuestros propios ojos, seguro que pensareis que es invento del que suscribe.
La gente que entra y sale parece ajena al transcurrir de los días, cierto que no tienen ni idea de la fecha de inauguración del mercado, ni que fue el mismo año en que Carlos Manuel Céspedes dio la libertad a sus esclavos y comenzó a luchar por la independencia de Cuba; el mismo año de la Revolución “La Gloriosa” cuando se derrocó a Isabel II y se creyó acabar con los Borbones. ¿Quién iba a pensar que quedarian Borbones para rato?
Fotografía: mercado del Carmen, Huelva
30 septiembre 2009
Muelle-embarcadero de Huelva
El embarcadero de Huelva se construyó con proyecto de Willians Moore y James Pring en 1871 para dar salida al mineral de piritas cupriferas de las minas de Rio Tinto por la compañia Rio Tinto Company Limited. Tuvo una longitud de 900 m. y estuvo en actividad hasta 1975 . Hoy recuperado de un incendio sirve de agradable paseo sobre la ria del Odiel.
28 septiembre 2009
La lluvia en Sevilla es una maravilla
Con sol o sin él, por la tarde o al comenzar el día, la primera lluvia del otoño, esa que deja el olor a tierra mojada en los rastrojos resecos por el estío, o da lustre a las hojas de los naranjos en calles y plazas, la que nos indica que el verano ya acabó, es siempre una maravilla.
En mi pueblo, reseco por sequías ancestrales, el día de lluvia es día de fiesta. Para la ocasión se alteran muchas costumbres. Ese día el hombre de la casa se hace cargo de la cocina, si hace falta se cierra la puerta de la calle para que ninguna vecina lo vea con el delantal puesto; se cambia el almuerzo previsto por el “ama de casa” y el hombre cocina las migas para todos, por un día la mujer no es dueña de la cocina ( hace tiempo que quiere dejar la propiedad y en la generación de mis hijos lo ha conseguido)
Las migas hace años eran de harina de maíz, -maiz castellano o blanco- hoy cuando sólo existe el maíz híbrido, amarillo, se hacen con sémola de trigo. Para los interesados puedo explicar que la receta es muy sencilla :
En una sartén profunda se hecha un chorreón de aceite de oliva y se fríen los dientes de media cabeza de ajos; antes de que se quemen, se añade el agua y cuando esta está hirviendo se agrega la sal y la harina, removiendo poco a poco. El truco consiste en poner la misma cantidad de harina que de agua, de esta forma en poco tiempo de remover, para que no se peguen, se suelta la masa. Cuando al levantar con la paleta las migas rueden fácilmente, están en su punto para apartar. Para controlar la cantidad, calcular un vaso de harina por dos personas.
Era costumbre acompañar las migas con bacalao frito. Desde que el bacalao dejó de ser comida de pobres, se acompañan con cualquier pescado frito y claro con ensalada de lechuga y tomate aliñada, a ser posible, con aceitunas negras.
Un día os contaré la historia de las migas que se hicieron en las Lomas de las Cuadrillas (Sierra Almijara) para dar de comer a los 100 hombres que se juntaron a trasladar una rueda de almazara de un cortijo a otro, a través de lomas y barrancas.
Fotografía: día de lluvia en Sevilla.
26 septiembre 2009
Mazuco. Llanes
Ajeno a la luz que acaba de iluminar su caserío, el pueblo, escondido entre cumbres y barrancas, permanece en paz, acostumbrado al ir y venir de los días a la sombra del Turbina. Se extiende en una horizontalidad conquistada a la montaña, como si fuese sencillo adaptarse al medio.
Hace años, a estas horas, el humo de las chimeneas daría una muestra más de vida en el paisaje; hoy, el butano llegó a todos los rincones y aún aparece dormido el espacio de la villa, semejando a un cuadro sin retocar.
El aire del otoño despeja el horizonte y el contraste entre la luz y la sombra se acentúa; los verdes de los prados aparecen perdidos. Son pequeñas pinceladas ante la magnitud del paisaje; los árboles se mimetizan con las sombras y apenas destacan su colorido otoñal.
Las cumbres van cambiando de color según la distancia, como si fuese el trabajo de un maestro del renacimiento. A lo lejos, las montañas iluminadas con otra luz, son de otros lugares tan distantes, que quedan fuera de nuestro mundo. Un sueño llegar algún día hasta ellas.
La mole a la izquierda del pueblo impresiona en su desnudez, los trazos de roca virgen marcan y delimitan su espacio en tonos herbáceos de colores diversos, parece increíble que ningún árbol escale las pendientes. Sólo en la roca más escarpada, inaccesible a los incendios ancestrales, aparecen pinceladas arbóreas.
Seguro que a estas alturas del cuento habéis visto en primer plano al caballo, que él si que no se ha inmutado. “El que la lleva la entiende”, los días frescos y más cortos del otoño dejan la yerba en su ser y hay que buscar el bocado en lugares distintos al de ayer. Visto desde fuera, con todo el espacio ante él, parece una tarea sencilla, pero mantenerse sólo con verde, sin un mal celemín de cebada que llevarse a la boca, no es un trabajo fácil, hay que espabilar y no perder puntada.
Fotografía: Mazuco, Llanes.
25 septiembre 2009
Volver
Sueño un balcón al mar
donde sentarme a tu vera,
ver pasar los barcos,
lentos, como las horas
de estos días de luz
y calma.
Imaginar mundos nuevos
a la sombra de otras palmeras
en tierras por descubrir
a tu lado.
Andar los caminos de la vida,
juntos los dos,
mirando a lo lejos al horizonte
de la mar.
Y volver a sentarme
cerca de ti,
bajo la palmera.
Fotografía: mirador del Bendito, Nerja.
23 septiembre 2009
VAL D'ECHO - IBON DE ACHERITO
Fotografia de Joan Gonzalez. http://j-gonzalez.blogspot.com
AL LIRIO
Solitario, ignora su belleza,
con esfuerzo levanta el talle
para mirar en el espejo del lago
si es cierta tanta beldad.
Teme que la niebla
venga a ocultar poco a poco
la luz del espacio entre
el cielo y la tierra.
Sabe que los fríos y la nieve
ocuparan su lugar perdido;
tiene prisa en dejar simiente
para que en veranos venideros
nuevos lirios adornen de azul
el verde limpio de la montaña.
Altas cumbres donde un día caminé,
entre morrenas y glaciares olvidados.
Hoy disfruto tus campas y senderos
en el recuerdo de la memoria.
Texto: Piedra
17 septiembre 2009
Barcelona
Bajando por Petritxol llegó a la plaza del Pi y se detuvo en la esquina con Cardenal Casañas, pasó las manos por las viejas piedras frente al rosetón y pensó que la eternidad era un castigo sobrehumano.
El tener que ir de un mundo a otro, recorriendo lugares en planetas por conocer, sin que nunca se acabase el viaje, le pareció un recorrido tan duro que empezó a temblar de fatiga; sujeto a los sillares, tomó un poco de aliento, pero la calma de la noche no le llegaba a tranquilizar.
Volvió a mirar al rosetón y al fijarse en el juego de colores entre la roca trabajada, pensó que la belleza sí era eterna. Como concepto inmaterial, la belleza podía pasar a través de los siglos y recorrer mundos ignotos sin tener fin. Esa idea de eternidad de la belleza le tranquilizó y se pudo sentar bajo el pino a disfrutar del momento, quizás no se volviese a repetir en años esa calma de la noche, esa luz de la luna tras la torre, esos amigos que le rodeaban, esa paz consigo mismo, esa eternidad del instante.
Le faltaba ver de cerca el dragón del llano de la Boquería para que la noche se cerrase en circulo. Los dragones a pesar de San Jorge, existen; tienen una larga lengua y expulsan fuego por la boca, por eso hay siempre una sombrilla bajo ellos, para que las cenizas no caigan sobre los viandantes desprevenidos.
Pasó bajo el dragón y comprobó que el farol estaba en su sitio, si cada cosa estaba en su lugar, podía pasear tranquilamente por las Rambla. La noche era joven y tenía una eternidad por delante.
Foto de sherca; Llano de la Boquería, Barcelona
30 agosto 2009
Pacanda
Pacanda no tiene ni cartel ni rótulo en la carretera, para que a ningún despistado se le ocurra meter las narices en su vida tranquila de aldea ganadera.
A Pacanda se llega poco a poco, despacio, como si temieses romper la calma que la rodea.
Lo primero que encuentras al entrar cualquier día sin lluvia del año, es al señor del muro, vuelto de espalda al camino, mirando al prado. No cambia de postura, se mantiene de pie imperturbable apoyado en el muro, sin mirar al que entra o sale. Contesta los “buenos días” sin girar la cabeza, como si fuese a perder un ápice del crecer de la hierba.
Pacanda más que un pueblo es un caserío con tres barrios, separados por prados donde pacen las vacas y en algún caso ovejas. Las ovejas no madrugan, se les ve a partir de las 10 a las 11 de la mañana, haga sol, orbaye o llueva.
Si te adentras un poco en el primer barrio, sale a tu encuentro el señor que trabaja en la vaquería; deja la faena y te pregunta por la familia un día si y otro también; aunque no exista novedad, él intenta averiguar qué fue de fulano o mengano, donde anda el padre del niño que te acompaña y si tu nuera lo crió con teta o biberón.
Después de dar las explicaciones pertinentes, subes al cueto y quedas extasiado por la vista de un valle escondido entre el caserío y la mole de la montaña.
En primer plano, destacan los maizales y los prados de siega con la hierba verde clara, en segundo lugar los nogales y fresnos de un verde brillante al pie de la peña más oscura.
A tu espalda queda la que fue escuela, con su ermita y su bolera, con los tilos podados a conciencia todos los otoños, para que el santo, desde su peana, pueda ver la luz que refleja la piedra.
La montaña domina el horizonte del pueblo; es una gran mole calcárea que acorta los días de invierno, escondiendo el sol tras ella, pero hace que Pacanda sea sonora como ninguna. Las esquilas y cencerros repiten su son contra la piedra y la melodía no parece tener fin a cualquier hora del día.
Pacanda tiene su río, un río que juega al escondite entre las piedras y la arena, a veces corre veloz buscando la mar cercana y otras se esconde en las cuevas para brotar más tarde a las afueras de la aldea.
Como el mejor pueblo que se precie, Pacanda tiene su inglés, una familia que cambió la lluvia de la Gran Bretaña por el orbayo más llevadero.
También tiene una pareja de forasteros que vienen del Sur todos los años con el buen tiempo, como las golondrinas. Son distintos a los turistas, que pasan de largo. Los sureños dan vueltas por el pueblo como si cada día fuesen a encontrar algo nuevo, una planta no vista antes o una nueva flor en una esquina.
Pacanda es bella, de esa belleza calma que da el llano junto a la montaña, tan reposada que los corzos pacen a sus anchas en los prados entre las casas; muchas veces sólo levantan la cabeza cuando pasas cerca y siguen a lo suyo, sin inmutarse por tu presencia.
Fotografía: sierra del Cuera. Llanes.
28 agosto 2009
De Tereñes ?
Aquí tenéis al hombre de “Tereñes”, ese que canta a los amigos, todo emocionado, aquella petenera :
Al pie de un árbol sin fruto
me puse a considerar
qué pocos amigos tiene
quién no tiene na que dar.
Amigo de sus amigos, sabe distinguir el que no tiene nada que dar, del crápula que no da "na". Por eso a veces dice: “Aquí un amigo, ahí un conocimiento”.
Lo mismo enamorado del árbol solitario en la cumbre de la sierra, que del bosque umbrío en la ladera de la colina; de los verdes prados en su Asturias o de la roca reseca en la Almijara de su alma. De su mujer de toda una vida, que de la belleza de la mujer que vio hace muchos años, en el umbral de una puerta de un pueblo desconocido, al pasar en coche ante ella.
Lo mismo canta a la piedra de la playa, que da de regalo a una amiga, que a la sombra de la higuera que da cobijo al mirlo. A la barca solitaria que vio esta mañana o a la barca que hacía el calafate cuando niño, en la playa.
No le importa ser de Tereñes, de Pacanda, de Piedra, de Granada o de Nerja, le importa la tierra y su gente. El pararse a charlar con el conocido de toda la vida a preguntar como va la familia o al recién conocido a ver que tiempo hará mañana.
Sabe del tiempo pasado, pero tiene esperanza en el futuro. Espera la alegría de los amigos, la familia y los nietos, para recorrer juntos caminos abiertos a un mañana que desea lejano.
Fotografía: Cuevas, Ribadesella.
25 agosto 2009
Volver a navegar
¡Qué sueño volver a la mar!
remar a favor del viento
surcar mares desconocidos
anclar en playas lejanas
caminar por sendas no recorridas
olvidar las rutas transitadas
y volver a empezar.
¡Qué efímeras fueron las horas!
¡Qué raudo pasó el tiempo!
¡Cuan veloz corrió la vida!
¡Qué sueño volver a navegar!
Fotografía: barcas en Ribadesella, Asturias.
24 agosto 2009
Mi tía Petra
Mi tía Petra tenía dos macetas de albahaca a la puerta del cortijo, a ambos lados del escalón. Al pasar te rozaban los pantalones y ya entrabas con su olor impregnado en el cuerpo. Dentro se mezclaban sus esencias con el vaho a vino y humedad que venía de la bodega y el del puchero que cocinaba al fuego de leña, en el suelo bajo la chimenea.
La albahaca de secano era de tan fuerte aroma que durante buen rato anulaba al olor de la morcilla y el tocino que flotaban en la cazuela, porque eso si, en casa, el menú diario no tenía sorpresa; todos los días se comían los garbanzos con tocino y morcilla, el trozo de carne se reservaba para los días de fiesta: un cumpleaños de los niños, el santo de Mariano o el día de San Miguel, cuando la feria del pueblo.
Recuerdo muy bien el puchero en el centro de la mesa, una mesa con las vetas de la madera sobresaliendo de tantas veces como se había fregado con jabón y estropajo. Una comida sin platos, de cuchara y paso atrás, los niños delante y los mayores detrás, a veces se unía el recovero que esa mañana había pasado por el cortijo cambiando platos y tazones por huevos, o el pescadero que traía los jureles para secar, en un borrico por los caminos de la sierra, de cortijo en cortijo.
A la tía Petra le gustaba sentarse en la soledad del patio, a la sombra de la higuera, para remendar los pantalones de pana o volver los cuellos a las camisas; otras veces no tenía más remedio que recomponer los guantes de cabritilla que le había traído Mariano cuando hizo la mili en Jaca y usaba algunas mañanas de invierno para levantar la escarcha.
Mi tía Petra era callada, no le gustaba entrar en las conversaciones de Mariano con los que pasaban por el cortijo, sobretodo cuando este chismeaba con dimes y diretes sobre las vecinas: si aquella se había subido a la ventana antes de casarse, si la otra había roto con el pretendiente o la de más allá tenía dos tetas como dos carretas. En ese caso tomaba la canastilla de la costura y se iba bajo la higuera del patio a zurcir los calcetines con el huevo de madera que a mi me llamaba tanto la atención y usaba a veces para jugar con las lagartijas que cazaba. Me entretenía en hacerles fumar introduciéndoles en la boca el humo de tabaco con una pajita y cogían una tembladera que no podían subir al huevo y lo hacían girar sin parar.
La tía Petra era tal mujer, que a pesar de tantos años transcurridos, la recuerdo con admiración y cariño, como cuando se sentaba a desgranar las judías a la puerta del cortijo entre las dos macetas de albahaca.
La albahaca de secano era de tan fuerte aroma que durante buen rato anulaba al olor de la morcilla y el tocino que flotaban en la cazuela, porque eso si, en casa, el menú diario no tenía sorpresa; todos los días se comían los garbanzos con tocino y morcilla, el trozo de carne se reservaba para los días de fiesta: un cumpleaños de los niños, el santo de Mariano o el día de San Miguel, cuando la feria del pueblo.
Recuerdo muy bien el puchero en el centro de la mesa, una mesa con las vetas de la madera sobresaliendo de tantas veces como se había fregado con jabón y estropajo. Una comida sin platos, de cuchara y paso atrás, los niños delante y los mayores detrás, a veces se unía el recovero que esa mañana había pasado por el cortijo cambiando platos y tazones por huevos, o el pescadero que traía los jureles para secar, en un borrico por los caminos de la sierra, de cortijo en cortijo.
A la tía Petra le gustaba sentarse en la soledad del patio, a la sombra de la higuera, para remendar los pantalones de pana o volver los cuellos a las camisas; otras veces no tenía más remedio que recomponer los guantes de cabritilla que le había traído Mariano cuando hizo la mili en Jaca y usaba algunas mañanas de invierno para levantar la escarcha.
Mi tía Petra era callada, no le gustaba entrar en las conversaciones de Mariano con los que pasaban por el cortijo, sobretodo cuando este chismeaba con dimes y diretes sobre las vecinas: si aquella se había subido a la ventana antes de casarse, si la otra había roto con el pretendiente o la de más allá tenía dos tetas como dos carretas. En ese caso tomaba la canastilla de la costura y se iba bajo la higuera del patio a zurcir los calcetines con el huevo de madera que a mi me llamaba tanto la atención y usaba a veces para jugar con las lagartijas que cazaba. Me entretenía en hacerles fumar introduciéndoles en la boca el humo de tabaco con una pajita y cogían una tembladera que no podían subir al huevo y lo hacían girar sin parar.
La tía Petra era tal mujer, que a pesar de tantos años transcurridos, la recuerdo con admiración y cariño, como cuando se sentaba a desgranar las judías a la puerta del cortijo entre las dos macetas de albahaca.
09 agosto 2009
Áyobe en San Martín. Llanes
Paso firme, vista al frente, todo el mar y toda la vida por delante. Mi Áyobe camina decidido a surcar los mares de la vida, aún no conoce la bravura de las mareas pero con sus padres detrás, no teme la fuerza del viento y sabe que la isla es un rincón seguro, protegido de los embates de las tormentas, donde poder descansar en el duro camino a seguir.
Esta mañana hemos caminado por islas de ensueño frente a playas de fina arena, desde donde los piratas otean el horizonte a la búsqueda de los barcos cargados de especias, plata y oro de las tierras de ultramar, para atraerlos a su desierto escondite en San Martín.
Ha descubierto la cueva entre las rocas, donde el bucanero de pata de palo, esconde las riquezas que consigue con su espada de acero en lucha sin cuartel. Encontramos una concha brillante, de nácar, irisada de colores azules, blancos y verdes que seguro era del tesoro pirata y la hemos guardado para mamá.
Otros días, Áyobe con su imaginación despierta, viaja con el abuelo Miguel montado en la moto de la silla, que también sirve de barco, avión o tren. Hacemos viajes sin rumbo definido y lo mismo recorremos desiertos inmensos que bajamos rápidos de veloces ríos en selvas por descubrir. A veces escalamos montañas nevadas y entramos en cuevas profundas de donde traemos murciélagos para asustar a la abuela Mary.
Hoy Áyobe corre por playas desiertas camino de la mar.
Fotografía: playa de San Martín, Llanes.
26 julio 2009
Día de playa. Nerja 2009
El día amaneció con brisa de levante y las nubes se refugiaron en lo alto de la sierra. La Cuesta del Cielo estaba cubierta, no se divisaba Cerro Gordo, y aunque la costa quedó limpia de taró, el horizonte aún no se distinguía con claridad.
La abuela se asomó a la ventana y comprobó que haría buen día de playa. Tampoco es bueno tanto sol, si se nubla un poco, los baños son más agradables. El pleno sol achicharra y no hay piel que lo aguante.
Antoñito tomó su buen tazón de leche con los cereales vitaminados y fue a buscar el flotador amarillo que estaba encima del armario; el bañador ya lo tenía puesto desde que se levantó esta mañana. Estaba ilusionado con su flotador, aún no lo había probado en la mar y no estaba seguro de que lo mantuviese a flote, ya veríamos cómo se comportaba.
La abuela había quedado con Mercedes y Paquita en bajar el domingo a la playa, irían temprano, antes que los turistas copasen la primera linea y no quedase sitio para sus sillas. Estaban acostumbradas a bajar con ellas y tomar baños de pies en el rebalaje.
Paquita además estrenaba biquini y dudaba si, a sus años, el estampado blanco sobre fondo negro le iría bien.
Comprobaron que el día, ni de encargo. La mar estaba en calma, el sol calentaba lo suficiente pero no molestaba y Antoñito pudo ver que el flotador le funcionaba a las mil maravillas, tanto que quería convencer a su abuela para que lo probase, le decía que no había peligro de hundimiento, si había resistido con él, también podría con ella; sin saber que hacía más de 30 años que su abuela llevaba a rajatabla lo de “ desde los 40 pa´rriba no te mojes la barriga”.
Fotografía: playa de Burriana, Nerja.
24 julio 2009
Entre la tierra y la mar
El aire de la mar trae olores a madera y brea, de cuando el calafate hacía barcas marineras a la sombra de la parra, al pie de los tajos en la misma arena. En aquella playa pequeña donde los turistas tomaban el sol, con permiso del guardia municipal, entre redes y barcos de pesca.
En aquella época el municipal blanco recorría las playas a la busca y captura de las bañistas en biquini, a las que obligaba a cubrir sus carnes sonrosadas con telas más amplias o dejar el baño para la intimidad de la casa. A eso de las 2, después de hacer la ronda por las playas, subía al boquete de Calahonda y a todos los que entrábamos al pueblo en bañador y con la camisa puesta, nos animaba a colocarnos pantalón largo; no estaba bien visto andar por el pueblo con pantalón corto si ya eras un mozalbete de pelo en pecho.
Eran años que corríamos de playa en playa por las grietas de los tajos entre la mar y la tierra; de Calahonda pasábamos al Chorrillo y a Carabeo, para muchos días, con la mar en calma, llegar a Burriana, donde la playa siempre estaba desierta y podíamos correr a nuestras anchas hasta el Lobo Marino, allí estaba la cueva que había conservado el nombre de cuando las focas habitaban en estas costas. Jugábamos a subir al “pasero” - una roca de superficie inclinada al mar- y saltar al agua una y otra vez hasta que era hora de volver a Calahonda donde teníamos la ropa.
Otros días nos dedicábamos a buscar “morcillones” - mejillones - , lapas y “viejas” -caracolas marinas- que cocíamos en la misma playa haciendo un fuego con cañaveras; con el aperitivo de los mejillones nos entraba más ganas de comer y rápido subíamos la cuesta, chorreando agua, para en el mismo boquete, antes que el municipal te lo dijera, ponernos el pantalón largo al entrar en el pueblo.
Hoy se conserva la casa con la parra del calafate, y a veces llega hasta el Balcón de Europa el olor a madera y brea, cuando la memoria y la mar están en calma.
Fotografías: acantilados de Nerja y casa del calafate. Málaga.
18 julio 2009
Jarrón con jazmines
Entraba despacio en casa y al principio no veía nada, la oscuridad parecía densa. Hacía varias horas que estaba el candil encendido y la “torcía” ya sólo daba una tenue luz que en contraste con el quinqué, encendído sólo los días de fiesta, no llegaba ni a iluminar la entrada.
Poco a poco me fui acostumbrando a la poca luz y volví a distinguir el dibujo de las baldosas; era una greca que imitaba a las alfombras de flores que era raro ver en los pueblos de la sierra.
Con la horquilla del pelo atusé la corta mecha y una llama alta iluminó la cocina-salón-estancia de paso a los dormitorios que de todo servía la habitación grande a la entrada. Entonces, vi claramente la radio en la alacena con su pañito de croché para protegerla del polvo y la jarrita con el ramillete de jazmines que nos libraba de los mosquitos.
A un lado, la fotografía del abuelo con su uniforme de los Regulares de cuando hizo la mili en Africa y al otro, la de la primera comunión de Miguel vestido de marinero; en medio la pecera con los peces de colores que daban vueltas y vueltas ajenos al ritmo de los días.
El plato con las monedas sueltas estaba hoy tan raquítico que seguro que no daba ni para los pobres que venían a pedir los viernes; menos mal que estábamos a miércoles y para entonces daba tiempo a no tener que “mandar con Dios” a los cuatros mendigos que estaban habituados a venir por casa.
Lo que nunca me expliqué era el cuadro enmarcado con el mapa pirata que colgaba al lado de la alacena, cerca de la cocina. Estaba negro del humo de la chimenea, pero nunca se limpiaba, como si al limpiarlo se fuese a borrar el lugar donde se indicaba con una cruz el hipotético tesoro, digo hipotético porque nunca nadie de la familia se había preocupado por averiguar qué hacía ese cuadro en ese lugar, que según la tradición era heredado por la hija mayor de la casa y, hace tiempo que se había perdido el nombre de la primera dueña del mismo.
16 julio 2009
Pinus halepensis var. nana
“La presencia de densos bojales (Buxus balearica y Cneorum tricoccum), la sustitución del pino carrasco (Pinus halepensis) por el negral (Pinus pinaster), pasando por una variedad nana del halepensis en el mismo límite termo-mesomediterraneo, y la recuperación del encinar (Paeonio-Quercetum rotundifoliae) sin peonías, a partir de los años 50 en que el butano vino a sustituir al carbón; nos muestra la riqueza botánica de la zona”
El párrafo entrecomillado se publicó en el año 1991 en “Paisaje y Educación ll”. Miguel Bueno. ISBN 84-7170-110-3 . Editorial Imprenta Santa Rita. Granada.
Hace 20 años descubrimos la variedad nana del halepensis en una excursión por el barranco de los Cazadores en sierra Almijara. Nerja (Málaga). Me acompañaban mis dos hijos Miguel y Enrique, y mi primo José Bueno.
Al acceder al barranco después de subir la cuesta tras la mina del “Uno” observamos enfrente un árbol de porte semiesférico y color verde limón que claramente destacaba entre los pinos vecinos. Nos acercamos y pudimos comprobar que era un pino con todas las características de halepensis pero de acículas muy pequeñas y piñas de miniatura, tronco grueso y porte redondeado. En la publicación arriba reseñada queda una fotografía del acontecimiento.
Un año más tarde me decidí a recolectar piñas y sembrar los minúsculos piñones en un plantero. Para mi sorpresa todos los piñones germinaron y obtuve más de 50 plantones. Muchos de ellos transplantados en vasitos de yogur y bolsas de pástico, los subí a la sierra, al pie del tajo Perruchino y en los alrededores de la boca de la mina “El Uno” con la esperanza de crear una poblacíón de varios ejemplares y poder estudiarlos con detenimiento.
Un ejemplar lo planté en el jardín de Nerja y ha crecido como un pino normal de la especie halepensis. Otro lo plantamos en el jardín de Ernerto Pimentel, autor del trabajo botánico sobre el “Monte Victoria” Málaga, publicado en Paisaje y Educación l, y tiene todas las características de la variedad nana. El porte es semiesférico y después de 15 años alcanza los 2 metros de altura.
Consultada la bibliografía en “ Flora Ibérica” no aparece ninguna referencia a variedad nana en Pinus halepensis.
En internet únicamente aparece mi referencia publicada el 8 de abril de 2005 en miguelbueno.blogspot.com dentro del trabajo “ Tajo Almendrón. Sierra Almijara. Nerja ".
Las fotografías que encabezan este trabajo han sido realizadas durante el mes de julio de 2009 por Miguel Bueno y ponen de manifiesto la gran diferencia entre dos pinos reproducidos al mismo tiempo con semillas de la mima planta.
Málaga diciembre 2013
Os paso el enlace http://www.cma.gva.es/webdoc/documento.ashx?id=151396
al buen trabajo de P. Pablo Ferrer y Emilio Laguna "Sobre las variedades enanas de Pinus halepensis...", donde se recoge la referencia a mi descubrimiento del Pinus halepensis var. nana en la sierra Almijara, Málaga.
http://www.habitatge.gva.es/documents/91061501/91067871/Toll_negre_12_2010_Pinus+minor/f8638db6-40d7-4ca7-a1fe-a10844821abc;jsessionid=C177BD5FFB5D2FE17B34F34A58F8F1AE.node1?version=1.0
13 julio 2009
Cuento de Kendra y Enriqueta
Érase una vez un bosque azul, un sillón verde, un plato lleno de nubes y un corazón tan grande que ni la ansiedad por lo desconocido le era indiferente.
Mi niña quiere que le cuente un cuento en el que los pájaros sean rojos, las ardillas amarillas y los sueños de color verde; un cuento en el que el viejo rey sea el príncipe y la princesa tenga coletas blancas con pendientes de coral trasparente, ni rojo ni amarillo ni verde.
Un cuento de colores y colorines brillantes, que haga envidiar al arco iris de la mar, aquella mar amarilla y roja que se adivina por poniente en los días de luna verde.
Mi niña está enamorada de la luna verde, y el príncipe encantado duerme con la rana entreverada en el bosque, entre barrancas y pendientes, de las que sueña mi niña al ver caer la tarde con el sol azul antes de esconderse.
El cuento dice así:
Érase una vez una abuela de pelo añil que tenía una niña rubia, de pelo dorado como el oro, y en los días de abril subían al caballo bayo, sin montura ni bocado, para correr entre ceibas azules por los bosques de ensueño en las islas de ultramar: donde ni la mar es de azul marino, ni el cielo de azul celeste, ni las nubes son blancas como la nieve.
En la isla la nieve era verde, el cielo amarillo, la mar blanca y la tierra de muchos colores, tan claros y luminosos que al mirar se veían del revés, el verde parecía azul, el amarillo violeta y el rojo, a veces, era blanco como la nieve del país de los sueños derechos.
En la isla, la abuela soñaba con su nieta de ojos azules, piel de nácar, pelo luminoso como el metal y dientes de marfil; soñaba con cabalgar en los caballos tordos, por los caminos no transitados ni andados, correr al trote limpio por las playas de arena negra brillante y agua verde esmeralda, entre tunas de higos rojos o morados, con flores amarillas y rosadas; rocas azules y tierras con vides verdes escondidas. Tan escondidas que sólo las veían las niñas que cabalgaban con sus abuelas en las tardes claras, cuando el levante no soplaba y la mar quedaba en calma como un lago verde casi esmeralda.
Hoy la niña Kendra cabalga con su abuela grande Enriqueta, entre araucarias altas y ceibas azules y blancas.
La abuela está feliz, muy contenta. Ya corren por las tierras pardas, bajo la luna verde de cielos amarillos y noches claras, plenas de luz, como en el alba.
Fotografía: Enriqueta y Kendra.
08 julio 2009
Días de luz y mar
“no tengo prisa
si me das tiempo
detendré la lluvia
con las manos
no tengo planes:
un jardín no es el futuro
toda tu boca
toda mi piel
ahora”
Isabel Bono
Hoy encontré los versos de Belinka, ahora ya no tengo prisa.
Deseo el tiempo detenido en estos días de luz y mar. Leer despacio, lento, verso a verso y recordar aquellos tiempos en que no molestaba ni la lluvia ni el viento, en que las tardes y los días infinitos parecían prolongarse sin fin.
Aquellos días en que tu piel en mi boca sabía a miel con canela, y yo la recorría a ciegas, sin llegar a conocer los caminos, en una aventura hacia lo desconocido.
Días de paseos largos en silencio, siguiendo el caminar a saltos de los gorriones por sendas aún no transitadas o intentando ver a la abubilla con su penacho de plumas, ya por mayo, cuando la primera calor. Otros días eran las garcillas las que llamaban tu atención y me hacías contar las motas blancas en los barbechos de la vega.
Aquellas tardes de primavera, cuando me preguntabas el nombre de las flores que cogíamos por las veredas, unas azules y otras blancas, a veces rojas como el color de tus mejillas al besarme.
Después vinieron días veloces, tiempos de tanta prisa que pasaban sin sentir. Años que fueron días y entre la rutina de las horas se escaparon de las manos como el correr del agua en la tormenta.
Ahora deseo detenerme, vivir el anhelo de cada día, como si tuviese todo el tiempo del mundo para un verso, para un recuerdo, una flor, una piedra de la playa, un beso al atardecer.
No tengo planes, tengo la silla a la sombra de la higuera y cuando aprieta el calor me siento a mirar cómo la ardilla sube y baja del aguacate, el mirlo que busca y rebusca entre las hojas secas caídas y al gato que atraviesa despacio, con todo el tiempo del mundo, delante de mi. Otras veces, tomo los versos y leo sin prisa al ritmo de estos días de luz y mar.
Fotografía: higuera en Nerja.
06 julio 2009
Flores de piedra
Ayer le regalé una piedra
blanca y negra,
que me dio la mar.
Una piedra pequeña
pulida, brillante.
Vi en sus ojos
sorpresa y emoción.
Lustros de ausencia
quedaron en días.
Recuerdos añejos,
volvieron al presente.
Años de lucha y trabajo
en el tiempo detenido
sin parra, con terral
a inicios de verano.
Fotografía: de Celindas en Nerja.
03 julio 2009
Alerta!
¡ Alerta ! ¡ Alerta !
¡ Barco pirata a la vista !
Preparen batería.
Veinte grados a babor.
Apunten.
¡ Fuego !
Ruge el cañón,
vuela la bala
en el espacio infinito
del juego soñado.
Edad bendita
de juegos compartidos.
Padre e hijo,
el padre se hace niño
y el niño se hace grande
en la espera
del juego repetido.
Fotografía: Enrique y Áyobe
01 julio 2009
Mi niño crece
Mi niño se hace grande.
Ríe, tomando helados con la luna verde.
Mira cómplice, de reojo, y espera en tu mirada,
compartir el juego descubierto.
Mi niño crece.
Nombra a las personas, con palabras inventadas.
Sabe de la ironía, el doble juego.
Me llama abuelo,
Miguel otras veces.
Llora cuando sin razón lo ofendes,
perdona al verte dolido.
Mi niño crece.
Mi niño se hace grande,
por días, a pasos de gigante.
El abuelo no sabe, si es cosa de abuelos
lo que mi niño sabe.
Mi niño se hace grande.
Mi niño se hace grande
mi niño crece,
con la luna verde
con la luna verde
¡ay! con la luna verde.
Fotografía: Áyobe, Balcón de Europa. Nerja.
30 junio 2009
Cuesta del Cielo. Nerja
Era un día tranquilo de invierno, por Navidad, cuando subí por primera vez al pico de la Cuesta del Cielo. Hace de esto unos cuantos años. Los caminos estaban perdidos o lo que es más seguro, a casi nadie se le había ocurrido subir a lo alto del Cielo.
En esa época cuando te veían subir y bajar por esos pechos, la gente de los cortijos se escondían al acercarte a ellos. No podían comprender que alguien, sin motivo de trabajo alguno, caminase por la montaña. A la sierra se subía de furtivo tras las cabras monteses, a coger esparto, sacar leña, hacer carbón, buscar caracoles o palmitos, pero por amor al arte, no lo podían creer. Te tomaban por loco, y no se fiaban.
Recuerdo como si fuera hoy, el día en que nos acercábamos a los Colmenarejos. Habíamos visto, de lejos, a la gente del cortijo trajinar por la puerta de la casa y al llegar, parecía que estuviese abandonado. A voces, Frasquito, que me acompañaba, fue llamando por su nombre a los caseros y fueron apareciendo poco a poco, como de ultratumba. No podían imaginar que alguien fuese de paso a los Colmenarejos, que se encuentra aislado en la cara Este, cerca de la cumbre de la Cuesta del Cielo, y mucho menos por el gusto de dar un paseo por la sierra.
Bueno, a lo que íbamos. El día de mi primera subida al Alto del Cielo, lo hacíamos Antonio Carrillo (q.e.p.d ), Miguel “El Rubico” y Miguel “ El de la Plana” que suscribe. Después de ascender a pecho descubierto un denso pinar (para algo teníamos unos quince años), dimos vista a unas llanadas donde encontramos a Alonso “ El de la Civila”, que guardaba sus cabras por esos pagos. Fue la primera vez que conocí la hospitalidad. Alonso nos invitó al cortijo, donde su madre nos convidó a tomarnos unos churros, que ella misma había hecho, acompañado de una taza de leche de cabra recién hervida. El churro era una masa enorme de harina frita, que no sabía como tragar, pero te lo ofrecían con tal cariño, que me supo a poco.
Estuvimos un rato sentados. Eran de poco hablar, pero, nos preguntaron el motivo de aparecer por “La Civila”. Según ellos, era la primera vez que unos jóvenes llegaban por el cortijo para subir a lo alto del Cielo, sin ningún otro motivo aparente.
A partir de “La Civila” se perdía el pinar y la pendiente, monte a través, era más fuerte; poco a poco, “llaneando” llegamos a la cumbre. Ese día descubrí lo grande que era la mar. Desde Este a Oeste mirando al Sur todo era agua y la tierra parecía reducirse al pie de la montaña, con Nerja en la costa y la Maroma muy blanca, en el horizonte de poniente.
Para los interesados puedo explicar, que la cumbre, a 1508 m. y 6 Km. del mar, domina desde el cabo Sacratif y delta del Guadalfeo en Motril (Granada) hasta la punta de Calaburras en Mijas (Málaga), con las montañas africanas muy lejos al frente.
Fotografía: Cuesta del Cielo. Nerja.
25 junio 2009
Enriqueta
Transcurría la primera quincena de mes de enero del 1885, cuando Las Pachecas asomadas al balcón de su vivienda, que daba al paseo de La Batería, dejaron entrever los tobillos al paso de su majestad el rey D. Alfonso Xll.
El escándalo fue de tal envergadura que ayer, mi madre, volvió a recordar la historia cuando se dejó fotografiar con el Rey en el Balcón de Europa. Mi abuela le contaba, que el rey se interesó por las dos señoritas del balcón, y en la recepción posterior en el ayuntamiento, requirió su presencia para verlas más de cerca. La historia no llegó a mayores, el rey tenía unas jornadas de duros viajes, en 10 días, del 10 al 20 de enero iba a recorrer las comarcas del Temple en Granada y la Axarquía en Málaga, y aunque era conocida por el pueblo la querencia de su rey por el sexo opuesto, en este caso sólo quedó el gran escándalo de unos tobillos femeninos en el balcón de una casa.
Para los interesados haremos un poco de historia :
El 25 de diciembre del 1884, se activó la falla de Alhama, y el terremoto originado afectó con especial dureza al Temple y a la Axarquía en las dos vertientes de las sierras Tejeda y Almijara.
En la comarca de Alhama, el pueblo de Arenas fue arrasado completamente, siendo levantado de nuevo por el auxilio real y desde entonces se nombra Arenas del Rey.
Santa Cruz recibió la ayuda de los comerciantes de Madrid y ahora es Santa Cruz del Comercio.
En Frigiliana la piedra al pie del castillo, rodó pendiente abajo arrastrando a los vecinos de varias viviendas. En Nerja los daños personales fueron mínimos, pero los materiales si fueron de gran envergadura.
A causa de tales destrozos se organizó la visita real a la zona para los días de enero del 1885, y de todos es conocida la falsa leyenda de que en su visita a Nerja, propuso el nombre de Balcón de Europa al paseo de La Batería, que había sido un fuerte provisto de cañones hasta que los ingleses los tiraron al mar en la guerra de la Independencia, con la excusa de defendernos del francés, y a la vez dejar sin defensa todos los fuertes cercanos a Gibraltar.
Hoy Enriqueta, a sus 95 años, recuerda muy bien la historia real de Las Pachecas, al fotografiarse con la estatua de Alfonso Xll en el Balcón de Europa de Nerja.
Fotografía: Enriqueta, Balcón de Europa. Nerja.
24 junio 2009
Acantilados de Maro. Nerja
Tenían buen acopio de paja para hacer una gran ahumada en las torres del Pino y del río La Miel. La rehala recogida en la playa de Las Alberquillas, que eran más de doscientas cabezas de ganado lanar, y preparadas las 42 arrobas de vellón, pero el día amaneció con un taró que no se veía ni la linea que separa la tierra de la mar.
Era imposible avistar al barco del Turco y de nada servía prender la paja con esa niebla que había traído la calma de levante.
Hernando El Darra tenía acordado con su alférez Martín Alguacil, que tuviese listo el ganado y el vellón para el 23 de junio, día en que los cristianos viejos estarían preparando las fiestas de San Juan. Una galera de Berbería acercaría a la playa del Cañuelo las picas y arcabuces que estaban estipuladas pagar con ganado y el vellón de los mejores carneros de la Axarquía.
Reinando en Castilla el infausto Felipe ll, en las Alpujarras el noble Aben Umeya, y en la Axarquía el valiente Hernado el Darra, el día 23 de junio del año del Señor de 1569, en los acantilados de Maro no ocurrió nada. Ni apareció la galera, ni Aben Umeya tuvo sus armas, ni Martín Alguacil pudo embarcar el ganado.
Bueno, sí es necesario aclarar que esa noche, Elvira bajó a la playa a mojarse siete veces la cara. Aún no había perdido las esperanzas de que algún cristiano, aunque fuese nuevo, hablase con su padre.
Fotografía: Acantilados de Maro. Nerja.
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