-->
En estas tardes lentas, fuera
del tiempo, ajeno al caminar de la calle, sentado junto a mi madre, cansada,
muy cansada de una vida ya cumplida a sus cerca de 98 años, siento su respirar
como un aliento suave y dan ganas de respirar con ella.
La vida se escapa entre los dedos
impotentes y parece toda una conquista
el poder robar un poco de tiempo a la eternidad, como si fuese un triunfo de
las horas.
Cada sencillo movimiento, el
secarse la boca, el coger una servilleta, da un hilo de esperanza de que llegue
la ansiada mejoría y mañana sea un día distinto, aunque en el fondo sepa uno
que la batalla está perdida, que las cartas están marcadas y el juego
predeterminado.
Es ley de vida, dicen como
consuelo, sin consolar a nadie.
Solo queda mirar hacía atrás
y ver la dicha de los caminos recorridos, la lucha por los estudios de los
hijos y ver como todos acabaron sus carreras. Los nietos montando el teatro en
el jardín de la casa y ella disfrutando de ver la alegría del abuelo, y estos días
recientes con los biznietos, cambiándole la cara cuando alguno le hacía una carantoña.
Besos.


