Paseo por el Viejo Lille, desde la puerta de Gante a la plaza de la Cebolla.
La ciudad recoleta no ha perdido el encanto de pueblo, se mantiene viva en todo su esplendor. Los pequeños restaurantes con terrazas a la puerta, las fachadas limpias de las casas, la panadería con su cola de clientes a todas horas, los escaparates más atrevidos, las tiendas más originales y en el centro el precioso museo del Hospicio de la Condesa, fundado en 1237 por la condesa de Flandes, Juanne de Flandre, como palacio y hospital. Su larga historia, con numerosos incendios, llega hasta 1939 en que se cierra el hospicio para “Vieux-Hommes” y el orfelinato llamado “Les Bleutes” quedando como tienda, hasta que se convierte en museo a partir de 1962.
En el museo me ha llamado la atención los mosaicos (siglo XVII) que cubren las paredes de la cocina, todos con temas de series semejantes, pero cada uno original y diferente, y en la galería de los retratos de los condes de Flandes y duques de Borgoña, tuve la ocasión de ver por segunda vez, el tipo de nariz enorme, que acababa de ver en la calle.
Como detalle, me sorprendió el microscopio de 1750, obra de Alexis Magny, con tornillos micrométricos para mover la platina y un gran espejo para iluminar las preparaciones, todo una gran obra de arte, al igual que la caja para guardarlo.