¿Vas a Maro?
¿A poner los huevos caros?
Decíamos de niño, cuando alguien iba a Maro desde Nerja.
A Maro se iba andando, corriendo, en bestias, o en una combinación, que podía ser un motocarro, la caja de un camión o raramente un turismo, cuando empezaron a aparecer los coches particulares por el pueblo. Mientras tanto era normal ir y venir de Maro con los zapatos en la mano y las alpargatas en los pies, para cambiarse al entrar en el pueblo.
Aunque Maro estaba muy cerca, cuatro kilómetros, a veces, la distancia era enorme, como cuando murió tía María y tuvimos que traer la caja a hombros, al cementerio de Nerja. En el turno del Santocristo, entró para ayudarnos el primo “Pasos Largos”, y llegamos al cementerio casi diez minutos antes que los dolientes, que iban siguiendo la caja a pie. Recuerdo que al mirar para atrás y ver tan lejos al duelo, decidimos poner a la difunta en el suelo y esperar al resto de amigos y parientes.
En Maro eran muy dados al ponche. Cuando hacíamos el recorrido con mi padre para visitar a tantas primas como tenía, en todas las casas me ofrecían un ponche.
-Niño, tómate un ponche, que es muy bueno pa’ hacer sangre,
El ponche era un gran vaso de leche de cabra con un huevo crudo y un chorreón de vino dulce. A mi, tal potingue me revolvía el estómago, pero me lo daban con tanto cariño que no tenía mas remedio que tomarlo, y a veces caían varios en el mismo día.
Maro, sigue siendo la isla de paz que fue siempre. Es un milagro que en plena costa, se mantenga la tranquilidad de pueblo pequeño. La única diferencia, con mis años mozos, es que ahora no se ven por las calles las enormes piaras de cabras de antaño, y a cambio se pueden ver algunos turistas despistados, sin saber donde mirar, de tanta belleza como tienen alrededor.
Hacemos votos para que Maro, ya que se salvó del arrollador “boom constructor” de estos años pasados, sepa conservar el encanto que tiene, y pueda seguir disfrutándose de su belleza por las generaciones venideras.
