19 agosto 2011

Pacanda. Asturias












Son muchos los amigos que me preguntan por Pacanda, hay incluso algunos que dudan de su existencia. Pacanda es tan real como la vida de unos abuelos con su nieto, paseando el gran camión por sus vericuetos y llamando la atención de los vecinos acostumbrados al silencio de sus calles.
Parando en la bolera para contarle un cuento, mirando los prados y el bosque al pie de la montaña, con las vacas tan tranquilas sin inmutarse por nuestra presencia.
Hoy muestro un retazo de nuestra Pacanda, en un día que tocó plantar un árbol, acercarse a los caballos, mirar pastar los corzos, volver a pasear con el camión, recoger nueces del camino y disfrutar de verlas comer al nieto.
Sí, Pacanda no es un sueño, un sueño es pasear con el nieto, su padre y la abuela por sus caleyas, entre prados y casas, tan cerca de la montaña, que muchos días las nubes se quedan a vivir sobre la piedra y Pacanda toma una luz especial, entre verde y gris, como pueblo serreño que es.

11 agosto 2011

Rebozuelos en las cercanias de Pacanda.









Ayer fue un día de setas, una excusa para una tarde de campo con nuestro amigo Delfín, infatigable buscador en todos los terrenos, por muy laderos que sean.
El rebozuelo (Cantharellus cibarius) es una seta inconfundible, que en esta época, agosto, es la más agradecida. Después de algunos años, ya conocemos su querencia por ciertos rincones cerca de Pacanda; le apetece los terrenos repoblados con eucaliptos. Quien nos iba a decir, que los eucaliptos iban a traer tal manjar. Al igual que todas las setas, es una caprichosa y no en todos los lugares con eucaliptos aparece. Para mi, creo que tiene preferencia por antiguas castañedas donde abunden hoy los eucaliptos, aunque esta norma no siempre se cumpla y lo que no falla es buscarla en los mismos lugares donde la encontramos antaño. Ya decía el refrán que más sabe el demonio por viejo que por diablo.
Como no sólo de setas vive el hombre, os subo unas cuantas fotografías que fui tirando mientras buscaba los rebozuelos: El pueblo escondido entre prados y arboleda; la luz del bosque con felechos y castaños; la montaña a los pies de Pacanda; el sabor de Asturias en verano, a tiro de playa, pero guardando las distancias.

27 julio 2011

Castillejos. Sierra Almijara, Nerja

Bendito taró que nos muestra tanta belleza.











Bien puede hacer medio siglo de la primera vez que subimos a los Castillejos: Frasquito “el Colorao” (q.e.p.d.), mi compadre Domingo Platero, Antonio Carrillo (q.e.p.d.) y Miguel “el de la Plana” que suscribe. Fue la primera vez que vi lo grande que era el mar. El horizonte abierto, dejaba divisar todo el mar de Alborán, con las montañas del Rif africano a lo lejos, allá donde el agua se une con el cielo. Si la mar era inmensa, la tierra también era ancha. A poniente las cadenas de montaña perfilan sus siluetas: sierra Almijara, sierra de Cázulas, sierra Nevada y sierra de Lújar, todo un rosario de cadenas montañosas que ayer, cuando volví a subir, jugaban con el taró que entraba desde la costa, elevadas por encima de la niebla. A levante, la Cabeza del Caballo y la Cuesta del Cielo con el puerto de la Orza cierran el circo de montañas que rodean el nacimiento del río de la Miel.
Hoy la subida a los Castillejos es un paseo sencillo, una carretera asfaltada inicia su recorrido tras la cuesta Ana María en la nacional 340, en el mismo puente sobre el río de la Miel, y tras recorrer todo el valle hasta el Nacimiento, sube a la vertiente límite entre Málaga y Granada. Desde allí un carril de 800 m. nos acerca al pie de los Castillejos, y una trocha marcada por hitos asciende por el único acceso posible al Peñón.
Es muy fácil encontrar los restos del lienzo de muralla que cerraba la entrada, así como los tres aljibes, uno bien conservado con su bóveda de cañón levantada con la misma roca del terreno.
Lo más difícil para algunos es usar y disfrutar de todos los sentidos en la sierra: chocar dos piedras para quedarte con el inconfundible olor de los mármoles alpujárrides; tocar el romero y los diferentes tomillos para identificar sus perfumes; oler la Solarea bituminosa o el delicado Dianthus malacitanus (clavelina), y para los muy interesados, sorprenderse con los aromas de la Putoria calábrica. Escuchar el silencio de la montaña, o el cantar de las chicharras en verano que a veces te sorprende con su intermitencia. Tocar la superficie del lapíaz y deducir los surcos del agua. Saborear los dátiles del palmito, la única palmera autóctona de Europa, cuidando de mondarlos, y mirar, mirar a lo lejos, el mar y las montañas, los cortijos del nacimiento como un belén allí abajo, y los pinos colgados en las laderas de las sierras vecinas. Ver de cerca las una y mil florecillas de nuestro monte mediterráneo. Ahora sólo quiero destacar los acebuches (Olea europae var. sylvestris) hechos bonsais por el ramonear de las cabras y los palmitos enormes (Chamaedorea humilis) en medio de los tajos inaccesibles.

Bibliografía:
En la Reseña Histórica de Nerja de Alejandro Bueno. 1907, se cita a la fortaleza de los Castillejos como de origen árabe.
En Nerja: Guía del patrimonio histórico de Rafael Maura Mijares, se le cita como del siglo IX o X y controlada por el caudillo mozárabe Umar Ibn Hafsum.

17 julio 2011

Salares, corazón de la Axarquía.













En el corazón de la Axarquía, entre olivos, almendros, alguna higuera, y minúsculos huertos de naranjos; colgado en la ladera de la montaña, se encuentra Salares, la romana Salaria Bastitanorum. Un dédalo de callejuelas, con pendientes inverosímiles, tan blancas como la nieve, ajenas al ir y venir de los vehículos de motor. En cada esquina, un mosaico con la escena correspondiente del vía crucis, coronado con azulejos geométricos que delatan el mestizaje cultural de la villa.
En el centro del pueblo se levanta, cercenado su orgullo con un campanario, el alminar de la mezquita meriníe del siglo XIII- XIV. Nos gustaría aclarar que sólo es mudéjar el campanario añadido al alminar después de 1487 (año de la conquista), tres siglos más tarde que el propio alminar árabe.
Los alminares de Archez, Corumbela y Salares fueron declarados monumentos históricos nacionales en 1979, y aunque se encuentran señalizados dentro de la ruta mudéjar de la Axarquía, son muy semejantes a los meriníes de Tremecén en Argelia. En el siglo XIII la dinastía beréber de los Banu Marin, - Benimerines o Meriníes en castellano -, heredan el imperio almohade y permanecen en la península hasta el 1340 en que una coalición castellano-portuguesa los vence en la batalla del Salado. A ellos se deben los alminares de la Axarquía.
Salares con 204 habitantes, 109 hombres y 96 mujeres, tiene una población muy inferior a los 548 del año 1571 cuando fueron expulsados los moriscos. Los 47 extranjeros (datos del 2010) son reconocibles únicamente por el nombre foráneo en los buzones de correos de sus casas, pues mantienen el cuidado de macetas y el encalado de sus fachadas como los nativos.
Como pueblo axárquico que se precie, tiene su casa morisca- casa torreón- y su gran iglesia mudéjar en el solar de la antigua mezquita. En este caso debemos añadir el hermoso puente sobre el río Salares, para muchos si no romano, al menos medieval.
Aunque en estos últimos años los montes de la Axarquía se han llenado de casas para los turistas, aún queda algún cortijo con sus paseros (almijares) a la puerta, como el de la fotografía que he subido. La palabra almijar se perdió en el habla popular y pocos saben que fue la que dio nombre a la sierra Almijara. -sierra de paseros- donde aún hoy se colocan los higos y las uvas para secar al sol.

09 julio 2011

Frigiliana















Recordando a mi amigo Antonio Navas (q.e.p.d.) que luchó lo indecible por legarnos una Frigiliana en todo el esplendor de su belleza: el supo mantener la cal hasta el filo de la calzada, sin ningún tipo de zócalo de piedra o azulejo; un pueblo limpio de carteles publicitarios; las tiendas con su géneros en el interior, sin invadir la acera; el empedrado artístico de la calle, blanco y negro como las fachadas, blanco de la cal y negro de rejas y balcones; los azulejos con la historia de Frigiliana y mil detalles más de los que estaba siempre pendiente.
Y a las mujeres de Frigiliana, sabiendo que les han legado un pueblo único, lo mantienen, a pesar del esfuerzo de tener que salir a blanquear, cada vez que la lluvia mancha la fachada.
Nos duele una penosa remodelación de la plaza de la iglesia, que nos hizo perder el esquema de las constelaciones que estaban dibujadas en el suelo con piedras, ¡cuantas noches pasamos mirando al cielo y al suelo para seguir el movimiento de las estrellas!
Subo algunos azulejos que cubren los rincones de Frigiliana, para dar una idea del sentido cultural y artístico del alcalde Antonio Navas.