Son muchos los amigos que me preguntan por Pacanda, hay incluso algunos que dudan de su existencia. Pacanda es tan real como la vida de unos abuelos con su nieto, paseando el gran camión por sus vericuetos y llamando la atención de los vecinos acostumbrados al silencio de sus calles.
Parando en la bolera para contarle un cuento, mirando los prados y el bosque al pie de la montaña, con las vacas tan tranquilas sin inmutarse por nuestra presencia.
Hoy muestro un retazo de nuestra Pacanda, en un día que tocó plantar un árbol, acercarse a los caballos, mirar pastar los corzos, volver a pasear con el camión, recoger nueces del camino y disfrutar de verlas comer al nieto.
Sí, Pacanda no es un sueño, un sueño es pasear con el nieto, su padre y la abuela por sus caleyas, entre prados y casas, tan cerca de la montaña, que muchos días las nubes se quedan a vivir sobre la piedra y Pacanda toma una luz especial, entre verde y gris, como pueblo serreño que es.