24 septiembre 2019

Aguacate de Porrúa. Árbol singular.




D. Diego Ruiz De la Peña, licenciado en Historia y técnico en el Museo etnográfico del Llacín ; D. Enrique Bueno Cobos , arquitecto y D. Miguel Bueno Jiménez, catedrático de Ciencias Naturales

EXPONEN

Que el aguacate ( Persea americana Mill., 1768 ) sito en el museo, fue plantado en 1906 por D. Ángel Sordo Pandal y en la actualidad presenta las siguientes características:
 Circunferencia del tronco , medida a 1,30 m. del suelo, 8,10 m. lo que equivale a un diámetro de 2,60 m.
Altura 20, 10 m.
Presenta 15 ramas que naciendo de la base del tronco forman una copa de más de 30 m. de diámetro
Ser la planta subtropical más septentrional de Europa , en el límite de su cultivo por las bajas temperaturas que soporta en invierno .
Ser uno de los símbolos de los lazos de Llanes con America, en este caso un símbolo indiano mexicano .
Su edad, tamaño, localización y fama hacen al aguacate de Porrúa un árbol singular para todos.

Por lo que:

SOLICITAN

Sea declarado ÁRBOL SINGULAR del concejo de Llanes.

Ilm. Sr. Alcalde del Concejo de Llanes.

Piedra











Parque natural de Ponga ll


Valle glaciar de Ventaniella y restos de morrenas.




Sobrefoz entre la niebla de la mañana.


Ermita de Ventaniella y valle glaciar.



Valle glaciar de Ventaniella




Valle glaciar de Ventaniella y morrena frontal

15 septiembre 2019

Otoño en Pacanda 2019




Otoño en Pacanda

De las hojas caídas al pie de los cerezos.
Del columpio de Áyobe vacío.
Del cielo entreverado de nubes.
De los acebos rojos como labios en flor.
De la montaña cubierta de niebla.
De las rosas marchitas y la acacia sin flor.
Del prado en silencio.
De los arrendajos perdidos.
Del petirrojo atrevido saltarín.
De la bella jacaranda.
Del ir y venir de los gorriones.
De las últimas flores de las hortensias.
De mi amor tranquilo.

Piedra

Pacanda, septiembre 2019

19 julio 2019

Orbaya en Pacanda

Vibran los azules y los verdes.
Orbaya tan suave que apenas se divisa.
Las tejas dejan sus gotas sobre las hortensias. Van cayendo al ritmo de la música de los yoqueros, que repican desde el fondo del valle.
Vibran azules y verdes.
Vibran  las hortensias, mientras el orbayo cubre de perlas blancas las briznas de hierba.
Mañanas de Pacanda.
La lavandera, con su grácil baile de cola, se acerca previsora al comedero,  libre ahora de gorriones.
El pizpireta petirrojo sigue sus pasos a saltos cortos, hasta llegar al pan tierno, no le gustan las cortezas.
Esta mañana madrugó el arrendajo, con sus llamativos azules y blancos en su fondo pardo, vino a desayunar en Pacanda.
Hoy las rosas están tristes, ellas prefieren el sol, al orbayo, pero destacan su silueta amarilla, rosa y roja sobre el verde del prado, al pie del verde oscuro de las encinas.
El rebaño de casinas toma la mañana con calma, saben que tienen el pasto asegurado y no lo prefieren tan mojado. Se tumban a rumiar lo ya comido.
El maíz parece que lo estiran, agradecen este agua fina y crece deprisa al resguardo del jabalí.
Los gorriones vuelan rápido, como si en ello le fuese la vida, descansan un momento en la maraña del acebo, y salen raudos hasta la altura de la jacaranda, para divisar el prado desde lo alto. Lo miran todos los días, pero les ocurrirá lo mismo que a nosotros. No se cansan de mirar cómo van cambiando, día a día, las flores de Pacanda.

Piedra

02 julio 2019

Obispos en pena. 

Desde que nos invadieron las placas de inducción, quedaron inmóviles esperando el santo advenimiento.
Ya no repican las campañas. Ni tocan a difuntos. 
Desde que las chimeneas quedaron en su ser, quedó el tiempo en pasado y ya no es lo que era.
Ni los obispos usan báculo, ni las chimeneas humean. 
Para oír un repicar de campana hay que estar  oído avizor en plaza Nueva, al pie de la torre La Vela y esperar el cambio de riego en la Vega de Granada. 
El día 2 de febrero con la Candelaria empieza el turno, para sembrar los ajos en los pagos de la huerta de San Vicente y Tamarit. 
Ya pasaron los fríos del invierno y terminando la primavera, se podrán hacer las sopas de ajo con una rodaja de pan frito a los viejos desdentados y de esa forma, festejar que llega un nuevo verano para poder bañarse en la acequia  Grande,  aquella que trae el agua fresca de sierra Nevada, Genil abajo.

A mi me gustaba jugar en la acequia Grande. 
En invierno hacia galerías con varias chimeneas en su talud de arcilla. Quemaba las secas hojas de los plátanos de sombra y esperaba que el humo saliese por ellas, para hacer señales de indios a los curas que vigilaban el recreo en aquel patio de los Escolapios. 
Con el buen tiempo, ya en primavera, hacia canales para desviar el agua y me entretenía con los pececillos que entraban en ellos. 
Ya no está la huerta donde iba a coger caquis antes que los curas se comieran la cosecha. 
Ni la acequia Grande rodea el patio de recreo. 
Ya no suena la campana de la Torre de la Vela, ni los curas usan sotana, ni los obispos sombreros de ala plana. 
Ya no paso mis tardes mirando a las bandadas de estorninos bajar de la sierra para dormir en la Vega. Ni me tumbo en el suelo para soplar las hojas húmedas en el talud de la acequia Grande de Granada.
Ahora miro por la ventana de Pacanda y veo muy cerca los años de mi niñez junto a la acequia Grande. 
Me parece mentira que haya pasado el tiempo tan rápido y yo sea el mismo de aquel niño de babero caqui, interno en un colegio de curas, tan lejos de casa, allá en Nerja.

Piedra 

20 junio 2019

Niembro. Llanes. Asturias.

Soñaba otras singladuras, sin pensar que su tiempo ya no tenía tiempo ni sus días horas.
Parece que fue ayer cuando salía a la costera de la xarda y volvía a la caída del sol a la rada de Niembro.
Fueron aquellos días felices. Los niños esperaban  jugando al pie de las encinas. María cuidaba los aparejos, preparaba la salmuera y era una delicia volver a casa.
La mar siempre generosa, daba para criar la familia sin ningún apuro.
Las xardas tenían venta asegurada en la rula de Llanes, bien para fresco o para salar en conserva.
Los días transcurrían sin un sí ni un no. Cuando terminaba la costera de la xarda, comenzaba la temporada del bonito.
Siempre era un sin parar, al ritmo de las mareas y los soles. Con la calma  que da el pensar que después de un día, viene otro y después de la primavera llega el verano.
Hoy es distinto, solo quedan los sueños. Los hijos ya volaron del nido y la barca quedó varada a la orilla de la mar.

Piedra



10 junio 2019



Don Pero y Doña Martina

Don Pero Martín de la Oca no murió tranquilo.
No sabemos muy bien si fue un mal traspiés  o la ayuda de alguna mano enemiga, lo que le hizo bajar la escalera en un cerrar y abrir de ojos, para ir a desnoclarse  en el primer escalón a la izquierda del salón.
Al igual que no murió tranquilo, su paso por este valle de lágrimas, tampoco fue jauja. Tuvo la mala suerte de desposarse en terceras nupcias con Doña Martina de las Eras, que lo trajo por la calle de la amargura.
A Doña Martina le gustaba hacerlo frente al alféizar de la ventana . Y a Don Pero, que era muy cortito, le daba cosa dar tres cuartos al pregonero.
Los viernes, a plena luz de la tarde, gustaba Doña Martina pedir los favores de su amado Don Pero, aunque este estuviese aún ocupado en sus deberes de señor de horca y cuchillo.
La urgencia era tan pronta, que Don Pero tenía que dejar con la palabra en la boca al contramaestre de plaza, para acudir raudo a la torre del homenaje, donde Doña Martina requería sus servicios.
Aquella tarde subía los escalones con sumo cuidado, los borceguíes no le cerraban bien o más bien la gota le había dejado los pies inflamados. El caso fue que sin saber cómo, se encontró rodando escalera abajo y fue a parar contra el último escalón o el primero según se comienza a contar.
Los funerales fueron con la pompa que requería la ocasión y a los tres días de terminar, con los restos de Don Pero ya en el camposanto, vinieron a darse cuenta de que en la torre almenara apareció el vivo retrato del difunto.
Y desde la fecha del óbito, en el año de gracia del 1282, a la actualidad, ha quedado su impronta al pie de la torre, para aviso de navegantes.
Piedra

12 septiembre 2018

Historia añeja de Don Braulio y Doña Olalla




1.-  Olalla

Olalla vivía a cuatro leguas de Pacanda, en una casita asturiana con muros de piedra y un corredor repleto de flores que cuidaba con agua cogida del cielo. 
Tenía petunias de diferentes colores, dalias rojas, begonias, coleos de hojas matizadas, incluso hortensias de flores blancas como la nieve en primavera y muchos geranios rojos como sangre de toro,
Olalla era joven en edad de merecer, con unos preciosos ojos oscuros, pelo negro azabache y tez morena. De esa belleza mediterránea tan rara de encontrar por tierras del norte.
Le gustaba el teatro. Casi todos los días se colocaba una rosa amarilla en el pelo y una dalia roja en el vestido para recitar pasajes enteros de Doña Rosita la Soltera. 
Soñaba con subir a un escenario y representar la obra de su adorado Federico García Lorca y todavía más pasear entre los carmenes del Albaicin para ir contando historias antiguas de cuando los indianos volvían de Cuba a su terruño 
Parece que fue hoy mismo, el día aquel en que Braulio, recién llegado de la Habana, calellaba el paseo de San Pedro mirando la mar oceana, recordando los paseos por el Malecón, y fue a cruzarse con Olalla. 
Ambos quedaron prendados, no fueron capaces de intercambiar unas palabras, mirando el mar en silencio como si no existiese nada mas bello que mirar sus rostros y la mar.

Pacanda, sep. 2018


2.-  Braulio

Braulio quedó tan impresionado por la belleza de Olalla que no podía conciliar el sueño. Pasaba las noches en vela imaginando el modo de acercarse a su amada. 
No tuvo más remedio que contar al compadre Domingo “el Sufrío” sus penas para que le indicase alguna solución a los males de amores que padecía. 
El compadre estuvo varios días ideando estratagemas para dar con Olalla. En principio pensó poner un anuncio en el Oriente de Asturias. Incluso llegó a hablar con su amigo Guillermo “Chopera”, periodista en el Oriente, para redactar entre los dos un reclamo que atrajese a una. ”mujer morena del Concejo de Pacanda" a un lugar convenido, con la ilusión de conocerla.
Por más que lo intentaron, no fueron capaces de terminar la redacción del anuncio a insertar en la edición semanal del periódico llanisco, y fue el propio Guillermo el que le indicó que contratase los servicios de la alcahueta doña Angustias “La Reina”, la que seguro podía poner a trabajar sus contactos y encontrar a Olalla, sin dar un cuarto al pregonero.
Doña Angustias hiló sus hilos y siete días más tarde vino a contar a Domingo que había siete Olallas casaderas en la villa, pero ninguna era morena.
Quizás, la morena que sorbía el seso a Braulio no se llamase Olalla. O más bien, fuese una de las madrileñas que aparecían por Pacanda en la época veraniega y quedaba fuera de las redes de Doña Angustias.
No quedaba más remedio a Braulio que hacer guardia en el paseo de San Pedro, por si volvía a aparecer Olalla por sus predios . Después ya vería la forma de acercarse a ella, sin comprometer la dignidad de nadie. 


3.-  Olalla y Braulio

Fue un día de sol, en plena primavera. Braulio, quedaba a la sombra del gran “tamarindo”, como gustaba llamar a los tarajes del paseo, que plantara Don Tomás “el indiano”, a su vuelta de Cuba, por si apareciera Olalla. Llevaba meses cambiando de árbol, cuando vio a la joven acercarse al malecón, para mirar el mar.
Quedó turbado, sin saber que hacer. Tanto tiempo esperando y ahora que la tenía tan cerca, no sabía articular cuatro palabras para saludar a su añorada Olalla.
Hizo de tripas corazón y como pudo se acercó a la joven, que esa mañana venia espléndida, en toda su belleza.
El pelo recogido en una trenza sobre la espalda, sus ojos remarcados con un leve toque de rímel y esos labios rojos como el corazón de una granada, que parecían querer saborear el mundo. El vestido entallado, de falda amplia, resaltaba su esbelto perfil y le hacía deslizarse en lugar de caminar.

-  Perdone mi atrevimiento, llevo meses esperando hablar con Vd.

A Olalla le subieron los colores a la cara. Quedó impresionada de la elegancia del mozo.
Era moreno, de pelo ensortijado, con brillo natural. Barba bien recortada y grandes ojos que daban una luz especial a su cara. Aunque no llevaba corbata, no le hacia falta para destacar la nobleza de su prestancia. Si tenía un detalle de primor, del bolsillo de la chaqueta sobresalía el borde blanco de un pañuelo.

- Vd dirá, caballero.


4.-  El baile

Fue una suerte que Olalla viniese acompañada por su amiga Margarita. Ella tuvo la feliz idea de buscar un amigo común que presentase a la pareja. 
Pensó en el secretario del Circulo Mercantil o en su caso el presidente del casino “La Buena Amistad”. Si alguno de ellos fuesen conocidos por los dos, bien podía actuar como embajador de Braulio ante la familia de Olalla.
Como Braulio era socio del casino, quedó en hablar con don Celestino Diaz del Pulgar para que en las próximas fiestas de San Roque, ya pudiesen bailar la danza prima juntos, e iniciar relaciones oficiales.
Así se hizo.
D. Braulio ya no era un crío. Sabemos que la había corrido en tierras de Ultramar y ahora tenia prisa por montar una familia, como Dios manda, en tierras de Pacanda. 
De seguro que el párroco de La Basílica no pondría ningún impedimento por las uniones que Braulio hubiese tenido anteriormente en sus andanzas por tierras cubanas. En los libros de la iglesia del arzobispado de Pacanda  aparecía como célibe.
Las fiestas de San Roque del año de gracia de 1898 fueron sonadas, eran muchos los indianos que repatriaron su plata al perderse Filipina, Puerto Rico y la joya de la corona, Cuba. Para el caso, se inauguró la nueva sala de baile en el gran Casino de Pacanda. 
Olalla y Braulio pudieron bailar el minué y los valses ante la mirada de su carabina Margarita, complice en los amores de la pareja.
Aunque se perdió Cuba, Braulio estaba tan contento con sus amada Olalla entre los brazos, que ya no recordaba para nada lo que había dejado en la isla caribeña.
Los dichos

Los amores de Olalla y Braulio iban corriendo a la velocidad que transcurren los días en la madurez de la vida. Pasaban los meses en un sin sentir. Entre esperarla a la salida de misa de ocho y pasear las tardes por el paseo de San Pedro, junto a Margarita, corrían tan rápidos que Olalla no sabia bien en que luna estaba.
Acordaron celebrar los esponsales, el día 8 de septiembre, festividad de la virgen de los Afligidos, en recuerdo de la madre de Braulio, fallecida recientemente de unas fiebres tercianas que cogiese en Cuba en la plaga de malaria que azotó la isla hace un tiempo.
Como era de obligado cumplimiento pasaron por la iglesia para oficializar los dichos.
Braulio llevó como testigo a D. Celestino Diaz del Pulgar que tan eficiente fue en normalizar las relaciones de la pareja y a D. Gumersindo Bocanegra, ante Dios, Gumersindo de la Santísima Trinidad y todos los Santos, abad del monasterio de San Antolín y primo carnal de Braulio.
Olalla acudió a la iglesia con su amiga del alma, Margarita Flores Cañete y Eulalia Berruguete, su madrina de pila.
Todo transcurría con normalidad hasta que un día, cuando Don Benigno, cura párroco en la iglesia - basílica de Pacanda, leía los dichos, como tenia obligación de hacer, durante una quincena, preguntó si alguien de los presentes tenía alguna objeción que realizar, que la hiciese en ese momento o callase para siempre. Se levantó una señora, del fondo izquierda de la iglesia, y con toda la calma y sangre fría del mundo, expuso que ella tenía algo que alegar.
Al silencio sepulcral que se extendió por toda la iglesia, le siguió un murmullo que fue en aumento, pero nadie se movió de sus asientos.


5.-  El compromiso

Es cierto. Herminia Florido tenía sus razones.
A los trece años había sido depositada en la clausura de las Hermanas de María de Pacanda, y aunque ya nadie lo recordaba, ella lo tenía muy presente.
Antes de su segundo viaje a Cuba, D. Braulio Amores tuvo a bien recoger a su prometida Herminia, en el convento de las monjas, hasta que alcanzase la mayoría de edad y poder oficiar matrimonio con ella. 
Braulio se las veía muy felices. Calculó volver en unos años a Pacanda para esposar a su amada.
No tuvo en cuenta a las mulatas de Cienfuegos, ni en particular a una mulata cuarterona llamada Africa Sánchez, con la que llegó a congeniar y le hizo enviar un propio a su primo fray Gumersindo, abad en San Antolín, para que con los 100 duros de plata que le adjuntaba rompiese el compromiso de esponsales.
Herminia cogió los 100 duros y se fue contenta a su casa. Ya no aguantaba la disciplina de la clausura ni las manías persecutorias de la madre superiora.
Braulio creía que esa historia de sus amores juveniles estaba ya cumplida y según le había dicho su primo el abad, no tenia nada que temer, por haberse roto el compromiso con el visto bueno de la prometida. 
Si nadie se acordaba del acuerdo con Herminia, esta tampoco recordaba, a estas alturas, los 100 duros de plata que se esfumaron en un visto y no visto. Pensó que quizás alegando al nuevo compromiso de Braulio, pudiese sacar alguna plata más al indiano.
La familia de Olalla pidió explicaciones a Braulio y tuvo que intervenir de nuevo D. Celestino para arreglar el entuerto.
Aunque algunos digan que lo importante es la salud, los dineros pueden mejorar muchas enfermedades 
Braulio puso otros 100 duros sobre la mesa, a repartir entre los padres de Olalla y la familia de Herminia. y por ahora el  camino quedó libre de tropiezos.
Ya solo quedaba hablar con el cura D. Benigno, y esperar el informe de la madre superiora de las Hermanas de María.


6.-  El bautizo

El cura D. Benigno fue de fácil conformar. Solo pensaba en sacar unas perras por la boda y nada más.
El informe de la madre superiora era escueto. Venia a explicar que Herminia Florido estuvo tres años en el convento y salió por propia voluntad, una vez roto su compromiso matrimonial.
El día ocho de septiembre hubo boda pero no hubo festejo. La basílica era un primor de flores de hortensias de todos los colores, pero por deseo del novio no se festejó la boda en memoria de la muerte reciente de su madre.

A los nueve meses menos una semana nació un hermoso varón.
Si hubo grades fiestas con motivo del bautizo del niño. 
Para no perdernos en detalles vamos a transcribir la partida de bautismo del neonato:

“Fray Benigno Nicanor Arciniega y Palacios Religioso Agustino descalzo Vicario Provincial y Foraneo Cura Párroco de la Iglesia Parroquial de San Agustín de Cuyo Cabecera de Pacanda

Certifico: que en uno de los libros Canónicos de Bautismos de esta Iglesia que dio principio el día cuatro del mes de Febrero del año mil doscientos y dos al folio 307 se halla la partida siguiente.

En este Pueblo de Cuyo Provincia de Pacanda Obispado de Jaro en nueve dias del mes de Enero del año mil novecientos y cuatros yo el infrascrito Cura Párroco de este pueblo de Cuyo, Bautice solemnemente y puse los Santos Oleos en esta Iglesia de mi cargo a un niño a quien se puso por nombre Manuel Pedro Rafael Antonio Francisco Ysidoro Cecilio Ramón Agustín Amores, que nació el día dos de dicho mes y año, hijo primogénito y legítimo de Don Braulio Amores Baena. De profesión propietario en esta provincia y de Doña Olalla Ramos Lopez. Ambos Españoles Europeos naturales de la ciudad de Pacanda Provincia de la misma Abuelos paternos Don Manuel Amores Carrillo y Doña Rafaela Josefa Baena Muñoz, Abuelos maternos Don Pedro Ramos y Aguado y Doña Espectación Lopez Bajar, todos ellos naturales también de Pacanda.

Fue su Padrino Don Pedro Martinez y Santos Capitán retirado de Fragata de Guerra Español Europeo Natural de Coronil provincia de Sevilla y Dª Engracia Fernandez Lanzagan Mestiza Española natural de Trinidad, Cabecera de esta Provincia de Cienfuegos, siendo testigos de la estension de esta partida Don Ramon Gonzalez Pacheco Gobernador de esta Provincia Español Europeo natural de Pacanda y Don Andrés Canosa Promotor Fiscal de la misma Provincia natural de Corcubión Reino de Galicia y Tomas Jaranilla escribiente de esta Iglesia y Francisco Ponce de Leon Fiscal de la misma y por verdad lo firmo = Fr  Benigno Nicanor Arciniega.”


7.-  La casa

Braulio y Olalla se mudaron de casa muy pronto, con el nacimiento de la niña, el segundo hijo del matrimonio, a Olalla le apetecía reunir a la amigas en casa y en la hacienda solariega de los Amores no se encontraba a gusto.

Para el caso, D. Braulio compró una gran casa, blanca como una paloma, y fue añadiendo habitaciones para todos los gustos de Olalla.
La vivienda daba a la calle Real. En su fachada principal tenía cuatro ventanas altas, de alféizar adornados con una moldura muy sencilla. El zaguán era amplio, separado del repartidor por una puerta de cristales de colores que daba una luz matizada al interior de la casa. En el patio había una gran magnolia, un manojo de altas plataneras y la higuera donde se alternaban Doña Angustias “La Reina” y Doña Expectación para convocar a los espíritus.

A Doña Angustias le gustaba hablar con su difunto, cada vez que tenia alguna consulta que realizar. En estos días, lo llamaba a capitulo, para saber qué habría de contestar al cura, D. Benigno, que le imponía a su hija una boda de madrugada y de color, por haberse subido a la ventana antes de tiempo.
Doña Expectación era distinta. Como madre de Olalla, tenía preferencias en la higuera, pero no abusaba. Ella hablaba con su hijo, que se fue al más allá, en la batalla de Cienfuegos, un poco antes de la perdida de Cuba. 
El hijo siempre le preguntaba lo mismo, si tenia referencias de su novia Manuela, la bella mulata de piel clara y ojos grandes que vivía en Trinidad. Si seguía esperando o ya había tomado esponsales.
La madre respondía sin inmutarse : 

  -  Tu Manuela te espera.


8.-  Sanjuan

Ya tenemos a Braulito corriendo por las callejuelas de Pacanda, con el pañuelo en la cara anudado en la cabeza. Había cogido paperas y doña Expectación le hizo un emplaste de tomillo, romero, salvia y el chorreón de aceite de oliva. Mejoraba a ojos vista y todas las tardes salía a jugar a la rayuela o a policía - ladrones con los amigos del barrio “La Villa”.
Eulalia se criaba muy sana. Como la madre  quedó muy pronto sin leche, se contrató un ama de cría que tenía leche para los dos niños, el suyo propio y el de Olalla. 

Se acercaba el día de San Juan. Olalla preparó unas bellas guirnaldas floridas para el enrame de las fuentes.
En Pacanda era costumbre ancestral, ir en procesión laica recorriendo las fuentes del pueblo, para coronarlas de flores mientras se cantaba a la noche y al agua. 
Tras la procesión, entre gaitas y tamboriles, se levanta una gran hoguera en la plaza donde se quema la Xana, para proteger al pueblo del mal de ojo.
Este año la hoguera era hermosa, como rara vez. Todos los muebles viejos que desechara Olalla en la mudanza de casa, se reservaron para la hoguera de Sanjuan y casi no cabían en la plaza.

Con las primeras luces del alba, Olalla y sus amigas bajaron a la playa a mojarse 7 veces la cara. Cerrar el rito de la noche. De los siete deseos que se pide, con cada uno de los baños, seguro se conceden tres.


9.-  D. Manuel Amores

Don Manuel, aunque solo era padre de indiano y él nunca pusiese pie en las Indias, en Pacanda se le conocía por el sobrenombre de D. Manuel “el Indiano”.
En verdad, actuaba como tal. Gustaba de usar un panamá de sombrero, camisa guayabera de colores pálidos y pantalones anchos. Tenía un loro y un mono TItí, que había comprado a unos gitanos que aparecieron por Pacanda, aquel verano de lluvias intermitentes, sin descansar un solo día.
Era todo un número, verlo sentado bajo la gran magnolia en el patio de la casa de su hijo. Escuchando al loro cantar el estribillo del himno de Riego, con el mono sobre sus hombros.
Todas las tardes de sol, cuando D. Manuel entraba al patio, el loro lo recibía de esta manera:

¨Si los curas y frailes supieran
la paliza que les van a dar
Subirían al coro cantando:
¡Libertad, libertad, libertad!¨

D. Manuel siempre tuvo a gala sus tendencias liberales y estaba orgulloso de ellas, aunque su nuera, Olalla, se escandalizase de las letras que había enseñado cantar al loro.
Olalla aunque no era beata, ni creía en los espíritus, como su madre, sí tenía un ten con ten con la Iglesia, para no tener frente a ella a D. Benigno y su mala leche.


10.- Angustias "La Reina"

Este día había convocado a los espíritus. Era un día gris, plomizo, lluvioso. No con una lluvia tranquila, llovía con aguaceros de tormenta y el empedrado de la calle relucía con cada relámpago. Parecía un día de invierno, aunque estábamos en el mes de los difuntos.
Angustias temía que su difunto Paulino, al que Dios guarde pronto en su seno, resbalase en esa calle y se esnoclase por segunda vez. Ya lo había hecho hacía 16 años y desde entonces vagaba por el pueblo. Claro que ella lo tenía muy fácil, cada vez que sentía necesidad de consultar algo, lo convocaba, y su difunto, a veces solo, y otras acompañado de parientes, acudía a su llamada.
Hoy tenía lo de su Carmela y aunque el día no acompañaba era urgente la consulta. Carmela se había subido a la ventana antes de tiempo y el cura para casarla, exigía que fuese de madrugada y de color. D. Benigno, como otros muchos, se había auto nombrado guardián de las virginidades ajenas y no permitía que una preñada se casase de blanco.
A ella, lo de la madrugada no le parecía mal, casándose al amanecer, tenían todo el día para ellos y les podía cundir. No pasaba por lo del vestido, nadie tenía que pregonar la desgracia de su hija.
Parece que la estoy viendo, igualito que si fuese ayer. Como llovía, en lugar de ir hasta la higuera, entraba en el cuarto largo, junto al patio. Dejaba la puerta entreabierta para que los espíritus pasasen cómodamente, y apoyada en la cañavera de la escoba, en una esquina, discutía con su difunto:

- A lo hecho, pecho.
- No es eso. Es que no es quien para meterse con el vestido.
- Mujer, no puedes discutir con el cura. El que manda, manda.
- Y tu hija, ¿Qué dice?
- Ella calla, lo que digamos nosotros.
Angustias, para salir a la calle, se colocaba su pañuelo negro en la cabeza y le subía el orgullo a la cara.
Entonces parecía afilarse un poco más su nariz aguileña, la mirada se le hacía más penetrante. Conocía que el poder suyo de convocar a los espíritus era sólo de algunos señalados, y andaba muy erguida, como una reina.
Angustias, además de alcahueta, ejercía de espiritista, consultando y transmitiendo recados a los espíritus. En el pueblo era conocida como Angustias “La Reina” y en realidad su prestancia era tan llamativa, que el apodo le venía como anillo al dedo.


Piedra