Piedra
Nací en el límite. La frontera era Granada. De pequeño me gustaba jugar a caballo sobre los mojones y decir que estaba a la vez en Málaga y Granada.
14 noviembre 2009
13 noviembre 2009
04 noviembre 2009
A cuatro leguas de Pacanda
Braulio se crió a cuatro leguas de Pacanda, en una casa pequeña donde había más flores que espacio para los cuatro hermanos.
Ana, la menor, crecía en silencio, como un susurro; a ella sólo le gustaba oír el canto del jilguero cuando sacaban la jaula al sol de la puerta. Su música le acompañaba en los juegos de niña solitaria. La recuerda muy bien, como si fuese ayer, con las dos trenzas rubias y esos ojos azules con un fondo de tristeza, quizás, por tener que jugar sola con aquel gato tan arisco que no quería moverse del rincón al sol, en el alféizar de la ventana.
Los dos hermanos mayores eran varones y con tanta diferencia de edad que coincidían en poco, no se veían ni a la hora de cenar. El trabajo con el ganado era tan duro, que cuando acababan de ordeñar a mano las vacas, Ana y Braulio ya estaban en la cama.
Braulio, en medio como el jueves, no tenía edad para acompañar a su hermana en los juegos, ni años para trabajar con los mayores.
En aquellos veranos tan largos, salía por la mañana al río, donde dejaba correr su fantasía mirando cómo lo hacía el agua. A veces seguía el vuelo de las libélulas y descubría que se posaban unas encima de otras, imaginaba algo parecido a lo que hacía el gallo con las gallinas, pero aún más difícil.
Otras veces cuando soplaba “el gallego”, pasaba las horas muertas en el campo del bramadorio, donde la rebeldía de la mar hacía bramar los bufones levantando nubes de espuma como si una fuerza, cósmica más que telúrica, quisiese unir la tierra con el cielo.
Esos días volvía a casa con ganas de charlar con su hermana y le contaba lo duro que tenía que ser para la mar querer acercarse al cielo atravesando la tierra.
Texto y fotos de Piedra
02 noviembre 2009
Luz de Pacanda
Esta luz de Pacanda
con el cielo entreverado
de pequeñas nubes.
Este sol de noviembre
que acaricia suave
el regalo de mis días.
¡Qué dicha
el otoño de la vida!
tan alejado del tiempo
en que curas sin alma
amenazaban
con el “fuego eterno”
a inocentes criaturas.
Hoy vi la mar,
estaba en calma.
Texto y foto de Piedra
29 octubre 2009
27 octubre 2009
25 octubre 2009
Pacanda

Resulta que Pacanda además de ser un pueblo de Asturias al que puse nombre durante un sueño de una noche ganada, también existe en la realidad del estado de Michoacán de Ocampo en México, donde así es llamada una isla del lago Pátzcuaro.
El nombre proviene del purépecha y significa " empujar algo al agua".
Quién iba a decirme que soñaba en purépecha.
23 octubre 2009
Regalo
Bebió el agua que tanto tiempo hacía que no cataba y consiguió encontrarle sabor, el sabor de su juventud, cuando tuvo que abandonar su querida Tereñes para ir a una Venezuela inhóspita, a la que no sabía si llegaría a querer tan solo un poco de lo que amaba a su querida Asturias. Había perdido su acento, logrado con la facilidad que da escuchar a los tuyos, de tanto oír hablar el castellano de ultramar. No tuvo la suerte de ser emigrante en un país donde la lengua fuera tan extraña, que le hubiese mantenido los dejes de su casa intactos.
Realmente, su vida en Venezuela fué un paréntesis. No tenía historias que contar, pues el tiempo transcurrido no llegó a transformarse en eso, en historias que contar. Ni tan siquiera contó el país con un presidente que diera que hablar, hasta muchos años después de su regreso. Fué la vida de otro, la vida sin vivir.
Buscó sus huellas por el entorno, pero no hubo suerte. Cómo era posible que los dinosaurios lo hubiesen logrado y él, que se había mantenido fiel a su tierra desde tan lejos, no encontrase el menor vestigio de sus madreñas. Dónde estaba el premio a la fidelidad, a esos años no vividos aguardando el regreso a la verdadera patria querida de la canción, que hubo veces que bebió hasta que los perros le lamieron el hocico, para entonarla, o desentonarla en su caso, como Dios manda.
Texto de mi querido Rafa Utrera. Fotografía de Piedra, hoy, desde la ventana en Pacanda
22 octubre 2009
En recuerdo de Miguel "El Grande"
Bajaba de la sierra
con palmitos y esparto
un día de mala suerte.
Tres penas de muerte
le impuso el tirano
por pasar por el puente
de Ana María
la tarde que estalló
el petardo.
Cuando le conocí,
venía de recorrer
los penales de España,
de Ocaña a Santoña,
de Santoña al Dueso
del Dueso a Ocaña
y vuelta a empezar,
durante los veinticinco
años en que le quedó
la perpetua con la remisión.
Aún era recio
y de potente voz.
Ahora no es nada
-me contaba-, antes pegaba
un grito
en lo alto del río
y se oía en la mar.
Fue a regresar al pueblo
aquel año
de las papas baratas
y decía con su vozarrón:
a mi que me da
el precio de las papas,
salí de tres penas
de muerte,
ya aguantaré que
las papas no valgan.
Todo es real en el poema. Mi pariente Miguel, tan grande como buena persona, estuvo media vida en la cárcel por ser el primero en pasar después de haber explotado una bomba bajo el puente de Ana María cerca de Nerja (Málaga). Lo condenaron injustamente a tres penas de muerte, como si fuese a vivir tres veces; después se la conmutaron por cadena perpetua y salió de la cárcel con la amnistía a los 25 años de la guerra civil.
Cuando le conocí acababa de llegar a Nerja, donde labraba unas pequeñas tierras. Vestía pantalón de pana raído por el uso y chaqueta de tela. Su voz era tremenda, parecía salir del interior de la tierra. Es cierta la anécdota del precio de las patatas ( papas en Nerja ). Cultivó papas el año de su regreso a Nerja y al cosecharlas no se costeaba ni el precio de la simiente.
20 octubre 2009
Anochece en Pacanda
Sin saber,
la tarde se vuelve noche
tan despacio
como el aire brisa,
la luz estrella.
Pierden el perfil las encinas.
Respira fatigada la lechuza,
y repite sin descanso
su nombre el búho,
haciendo eco en la montaña.
Dos luceros brillan a ras de suelo:
el gato busca compañía.
Ladra el perro sin motivo aparente,
¿Será a la ronda del raposo,
o al paso rápido del jabato?
El cielo se cubre de estrellas.
Luce casi blanco
el “Camino de Santiago”,
recordando a los romeros
que pueden continuar la ruta.
El silencio se hace grande,
la noche viene tranquila.
Descansan los cuerpos
se calma el espíritu.
Llega la noche a Pacanda.
Texto y fotografía de Piedra