24 septiembre 2019

Aguacate de Porrúa. Árbol singular.




D. Diego Ruiz De la Peña, licenciado en Historia y técnico en el Museo etnográfico del Llacín ; D. Enrique Bueno Cobos , arquitecto y D. Miguel Bueno Jiménez, catedrático de Ciencias Naturales

EXPONEN

Que el aguacate ( Persea americana Mill., 1768 ) sito en el museo, fue plantado en 1906 por D. Ángel Sordo Pandal y en la actualidad presenta las siguientes características:
 Circunferencia del tronco , medida a 1,30 m. del suelo, 8,10 m. lo que equivale a un diámetro de 2,60 m.
Altura 20, 10 m.
Presenta 15 ramas que naciendo de la base del tronco forman una copa de más de 30 m. de diámetro
Ser la planta subtropical más septentrional de Europa , en el límite de su cultivo por las bajas temperaturas que soporta en invierno .
Ser uno de los símbolos de los lazos de Llanes con America, en este caso un símbolo indiano mexicano .
Su edad, tamaño, localización y fama hacen al aguacate de Porrúa un árbol singular para todos.

Por lo que:

SOLICITAN

Sea declarado ÁRBOL SINGULAR del concejo de Llanes.

Ilm. Sr. Alcalde del Concejo de Llanes.

Piedra











Parque natural de Ponga ll


Valle glaciar de Ventaniella y restos de morrenas.




Sobrefoz entre la niebla de la mañana.


Ermita de Ventaniella y valle glaciar.



Valle glaciar de Ventaniella




Valle glaciar de Ventaniella y morrena frontal

15 septiembre 2019

Otoño en Pacanda 2019




Otoño en Pacanda

De las hojas caídas al pie de los cerezos.
Del columpio de Áyobe vacío.
Del cielo entreverado de nubes.
De los acebos rojos como labios en flor.
De la montaña cubierta de niebla.
De las rosas marchitas y la acacia sin flor.
Del prado en silencio.
De los arrendajos perdidos.
Del petirrojo atrevido saltarín.
De la bella jacaranda.
Del ir y venir de los gorriones.
De las últimas flores de las hortensias.
De mi amor tranquilo.

Piedra

Pacanda, septiembre 2019

19 julio 2019

Orbaya en Pacanda

Vibran los azules y los verdes.
Orbaya tan suave que apenas se divisa.
Las tejas dejan sus gotas sobre las hortensias. Van cayendo al ritmo de la música de los yoqueros, que repican desde el fondo del valle.
Vibran azules y verdes.
Vibran  las hortensias, mientras el orbayo cubre de perlas blancas las briznas de hierba.
Mañanas de Pacanda.
La lavandera, con su grácil baile de cola, se acerca previsora al comedero,  libre ahora de gorriones.
El pizpireta petirrojo sigue sus pasos a saltos cortos, hasta llegar al pan tierno, no le gustan las cortezas.
Esta mañana madrugó el arrendajo, con sus llamativos azules y blancos en su fondo pardo, vino a desayunar en Pacanda.
Hoy las rosas están tristes, ellas prefieren el sol, al orbayo, pero destacan su silueta amarilla, rosa y roja sobre el verde del prado, al pie del verde oscuro de las encinas.
El rebaño de casinas toma la mañana con calma, saben que tienen el pasto asegurado y no lo prefieren tan mojado. Se tumban a rumiar lo ya comido.
El maíz parece que lo estiran, agradecen este agua fina y crece deprisa al resguardo del jabalí.
Los gorriones vuelan rápido, como si en ello le fuese la vida, descansan un momento en la maraña del acebo, y salen raudos hasta la altura de la jacaranda, para divisar el prado desde lo alto. Lo miran todos los días, pero les ocurrirá lo mismo que a nosotros. No se cansan de mirar cómo van cambiando, día a día, las flores de Pacanda.

Piedra

02 julio 2019

Obispos en pena. 

Desde que nos invadieron las placas de inducción, quedaron inmóviles esperando el santo advenimiento.
Ya no repican las campañas. Ni tocan a difuntos. 
Desde que las chimeneas quedaron en su ser, quedó el tiempo en pasado y ya no es lo que era.
Ni los obispos usan báculo, ni las chimeneas humean. 
Para oír un repicar de campana hay que estar  oído avizor en plaza Nueva, al pie de la torre La Vela y esperar el cambio de riego en la Vega de Granada. 
El día 2 de febrero con la Candelaria empieza el turno, para sembrar los ajos en los pagos de la huerta de San Vicente y Tamarit. 
Ya pasaron los fríos del invierno y terminando la primavera, se podrán hacer las sopas de ajo con una rodaja de pan frito a los viejos desdentados y de esa forma, festejar que llega un nuevo verano para poder bañarse en la acequia  Grande,  aquella que trae el agua fresca de sierra Nevada, Genil abajo.

A mi me gustaba jugar en la acequia Grande. 
En invierno hacia galerías con varias chimeneas en su talud de arcilla. Quemaba las secas hojas de los plátanos de sombra y esperaba que el humo saliese por ellas, para hacer señales de indios a los curas que vigilaban el recreo en aquel patio de los Escolapios. 
Con el buen tiempo, ya en primavera, hacia canales para desviar el agua y me entretenía con los pececillos que entraban en ellos. 
Ya no está la huerta donde iba a coger caquis antes que los curas se comieran la cosecha. 
Ni la acequia Grande rodea el patio de recreo. 
Ya no suena la campana de la Torre de la Vela, ni los curas usan sotana, ni los obispos sombreros de ala plana. 
Ya no paso mis tardes mirando a las bandadas de estorninos bajar de la sierra para dormir en la Vega. Ni me tumbo en el suelo para soplar las hojas húmedas en el talud de la acequia Grande de Granada.
Ahora miro por la ventana de Pacanda y veo muy cerca los años de mi niñez junto a la acequia Grande. 
Me parece mentira que haya pasado el tiempo tan rápido y yo sea el mismo de aquel niño de babero caqui, interno en un colegio de curas, tan lejos de casa, allá en Nerja.

Piedra 

20 junio 2019

Niembro. Llanes. Asturias.

Soñaba otras singladuras, sin pensar que su tiempo ya no tenía tiempo ni sus días horas.
Parece que fue ayer cuando salía a la costera de la xarda y volvía a la caída del sol a la rada de Niembro.
Fueron aquellos días felices. Los niños esperaban  jugando al pie de las encinas. María cuidaba los aparejos, preparaba la salmuera y era una delicia volver a casa.
La mar siempre generosa, daba para criar la familia sin ningún apuro.
Las xardas tenían venta asegurada en la rula de Llanes, bien para fresco o para salar en conserva.
Los días transcurrían sin un sí ni un no. Cuando terminaba la costera de la xarda, comenzaba la temporada del bonito.
Siempre era un sin parar, al ritmo de las mareas y los soles. Con la calma  que da el pensar que después de un día, viene otro y después de la primavera llega el verano.
Hoy es distinto, solo quedan los sueños. Los hijos ya volaron del nido y la barca quedó varada a la orilla de la mar.

Piedra



10 junio 2019



Don Pero y Doña Martina

Don Pero Martín de la Oca no murió tranquilo.
No sabemos muy bien si fue un mal traspiés  o la ayuda de alguna mano enemiga, lo que le hizo bajar la escalera en un cerrar y abrir de ojos, para ir a desnoclarse  en el primer escalón a la izquierda del salón.
Al igual que no murió tranquilo, su paso por este valle de lágrimas, tampoco fue jauja. Tuvo la mala suerte de desposarse en terceras nupcias con Doña Martina de las Eras, que lo trajo por la calle de la amargura.
A Doña Martina le gustaba hacerlo frente al alféizar de la ventana . Y a Don Pero, que era muy cortito, le daba cosa dar tres cuartos al pregonero.
Los viernes, a plena luz de la tarde, gustaba Doña Martina pedir los favores de su amado Don Pero, aunque este estuviese aún ocupado en sus deberes de señor de horca y cuchillo.
La urgencia era tan pronta, que Don Pero tenía que dejar con la palabra en la boca al contramaestre de plaza, para acudir raudo a la torre del homenaje, donde Doña Martina requería sus servicios.
Aquella tarde subía los escalones con sumo cuidado, los borceguíes no le cerraban bien o más bien la gota le había dejado los pies inflamados. El caso fue que sin saber cómo, se encontró rodando escalera abajo y fue a parar contra el último escalón o el primero según se comienza a contar.
Los funerales fueron con la pompa que requería la ocasión y a los tres días de terminar, con los restos de Don Pero ya en el camposanto, vinieron a darse cuenta de que en la torre almenara apareció el vivo retrato del difunto.
Y desde la fecha del óbito, en el año de gracia del 1282, a la actualidad, ha quedado su impronta al pie de la torre, para aviso de navegantes.
Piedra