15 marzo 2005

Boda en San Antolín


El bisabuelo Armando Noriega Tereñes “el Chato del Cueto“, arribó a Serena, en San Joaquín. Durante unos años ejerció de chamán. Le fue relativamente fácil, sabía escuchar y siempre estuvo pegado a la pacha mama.
Desde que heredó un prado de su primera mujer, Olalla Ardisana Abanielles “la Texuca “, allá en los cuetos de Buda, conoció las ventajas de las altas cercas de piedra que protegen al maíz del viento gallego y le hacían granar en toda la mazorca. Aplicó la misma técnica en los huertos cercados por las dunas en San Joaquín y sus años de chamán en Serena fueron apacibles.
No recordaba con que “alias” se apuntó a las Américas. En el Mazuco le conocían por el “rubio de Buda” desde la época en que le hablaba a la hija de Ardisana “la Texuca”.
Había olvidado que cuando enviudó de su Olalla, tuvo un arrebato y soñó en hacer plata en otras tierras.
En el Mazuco no dejaba nada, los prados de la familia estaban tan divididos que ninguna partición llegó a él, y la majada de Buda que había recogido de su primera mujer tuvo que devolverla unos días después del entierro.
Sí recuerda el habano que fumó en Gibraltar, cuando estaba seguro de librarse de la guerra de Marruecos. Eso de matar moros lo había dejado para don Pelayo, que ya acabara con los de su tierra. Le parecía muy cercano aquel día, sentado en el puerto con las piernas sobre el agua, cuando su vecino le ofreció el habano, su primer habano, y se vió en otras tierras, con otras gentes, todas conocidas y compartiendo los tortos recién calientes.
No le gustaba recordar aquel viaje que desde el Musel, le llevó a las Américas pasando de Gibraltar a las costas de Guinea. Fueron meses en la bodega de aquel barco donde sólo había papas para comer, papas cocidas o papas medio asadas. Sólo papas. A su vuelta al Mazuco, vino a caer en la cuenta de que comía el cabritu con patatinas. Durante tantos años en las Américas no pudo probarlas.
No hizo las Américas, sacó un vivir. Antes de llegar a Serena recorrió muchos pueblos con aquella máquina fotográfica del pájarito. La había montado él mismo, siguiendo las instrucciones de la revista “El Mundo Moderno” que editara en Buenos Aires la “ Losada”. Los materiales los fue reuniendo en el chigre que regentaba su compadre en el barrio de Santa Eufemia.
Durante años visitó los colegios de barrios hacendados y por el regalo de dos ampliaciones a las monjas, le dejaban retratar a los chavales. Más tarde tenía que ir ofreciendo casa por casa, a las madres, aquellas fotos que había retocado a mano para mejorar el original.
Cuando el mapa plegable que acostumbraba a colocar tras los modelos, le quedó viejo por aquella reforma de Porfirio Diaz que mudara el nombre de varias provincias, (a San Joaquín ahora le llamaban Chiatas). Cerró el negocio, cambió el rumbo y arribó a Serena.
La abuela Herminia Noriega Abades, “la Alisa”, fue fruto tardío del último matrimonio de Armando Noriega. Este tras su vuelta al Mazuco, tuvo el acierto de recogerse en casa de Domitila “la Madrina”, donde conoció a Eulalia Abades. Por aquellos días, Eulalia ya casi cuarentona, había perdido muchas esperanzas. El encuentro con Armando fue reposado y como las tardes del invierno son muy largas, acordaron pasar por el monasterio de San Antolín, donde ejercía de abad un pariente lejano de Domitila, el prior Celestino Cuerres Cardoso, (ante Dios, fray Gumersíndo de la Santísima Trinidad y todos los Santos), que de seguro no tendría por válidos las diversas uniones de Armando en su otra vida americana.
A las seis de la mañana de un día sin orballo, quedó bendecida la unión de Eulalia Abades “la Acebal” y Armando Noriega “el Indiano”.
Armando, aún tuvo energías para drenar los prados de Eulalia en Lledías. Hasta entonces solo admitían un corte de hierba en veranos secos; pero no era hombre de tierras bajas, el trabajar con el horizonte cercano parecía agobiarle. Necesitaba levantar la vista, dejarla volar a la lejanía y de esa forma disipar su añoranza de aquellas tierras abiertas de San Joaquín.
Al poco tiempo, cambió los prados de Lledías por unas majadas en Pandiella, con derecho a pastos en la Tornería, frente a Peñas Blancas. Podía dejar correr la vista, ver su Mazuco a lo lejos, el sol poniente camino de San Joaquín sobre el valle de Ardisana y los senderos que formaba la mar frente al Bedón. Aquellos senderos que le hicieron andar por medio mundo sin perder el olor de esta hierba recién cortada.
Amadeo Bueno Cueto “el Nino”, encontró la cabaña de la abuela medio derruida, siempre la conoció igual. Aún cuando de niño subía el hato a su padre, recuerda que ya estaba en ruinas.
Junto a la cabaña que mirando al mar levantara su bisabuelo, sólo permanecían en pie los fresnos que alimentan el rebaño cuando la escarcha adelantada en su llegada, dejaba la hierba en su ser.
El día en que Amadeo se vio en los páramos de Soria, ni la luz, ni la lluvia, ni el aire tenía la color de los prados del bisabuelo. Recordaba el verde de los cuetos de Rales, el sol poniente sobre Riensena, la niebla en Posada la vieja y la mar con su horizonte abierto frente al Beón.
Hoy, Amadeo ha levantado la cabaña del bisabuelo Armando y cuando respira, toma el aire que le hará vivir en esa tierra de Soria que le da de comer.

Fotografía: monasterio de San Antolín de Bedón. Llanes. Asturias

2 comentarios:

Gore dijo...

Aunque este texto ya lo había leído y lo volveré a leer, siempre es un placer. Un abrazo.

Gore dijo...

Amigo Piedra, gracias por incluirme en tus enlaces, yo también te he puesto en los míos.