Llueve a lo lejos en la mar.
La ola se deshace impotente en diminutas burbujas de aire. El mar enfurecido se cubre de espuma. Toda su fuerza queda reducida a un manto blanco, como de leche derramada. El sol quiere buscar un hueco entre las nubes para mirar qué es de tanta bravura, y se retira al comprobar que todo fue nada, que hoy ni la mar está bravía, ni las olas levantan sobre el malecón la espuma blanca.
A lo lejos llueve; una nube despliega su cortina gris sobre la mar. Por fin los peces probarán el agua dulce, disfrutarán el cambio de tanta monotonía salada, no envidiarán a los salmones que tienen la dicha de remontar el Sella para bañarse en sus aguas cristalinas, lejos en la montaña, entre hayas y castaños.
No se otea ningún velero en el horizonte. Hoy quedaron al pairo en la ría, soñando otras singladuras. Hace años, ponían proa a poniente y surcaban los mares para llegar a tierras de ultramar, buscando un nuevo porvenir, allá dónde descansa el sol. Otras veces, salían a alta mar en el Cantábrico para volver a puerto con las ballenas capturadas.
Otros tiempos, otros mares, otras rutas olvidadas.
La misma luz de la tarde, en Ribadesella, a finales de invierno.
Fotografía: atardecer en Ribadesella. Asturias