23 junio 2013

Florentino y Fermina.




Florentino Ariza limpió los puños de su camisa con migas de pan blanco. Quería que Fermina oliese el pan recién horneado, en el zaguán de su casa, a la caída de la tarde.
Después de limpiar los puños, Florentino quedó como triste. Recordó aquella tarde cuando la vio por primera vez. Salía del colegio con su trenza rubia a media espalda, pizpireta, cogida del brazo de las amigas y casi sin tocar el suelo llenaba toda la calle.
Fue un solo golpe de vista. Quedó prendado. Fermina lo sintió, levantó la cabeza y la trenza quedó al aire. Florentino tuvo que apoyarse en la pared, las piernas no le respondían, el corazón desbocado, latía tan acelerado que por un momento perdió la vista. Cuando la recuperó el encanto había desaparecido. Una esquina mal avenida se interpuso en su camino y solo le quedó el perfume a jazmín.
Hacía ya tres otoños que todos los días escribía carta a Fermina y por fin hoy, tuvo la respuesta soñada. Le esperaría en el zaguán de su casa con su ama, antes de que se pusiese el sol, para ver bien, sin tener que acercarse demasiado.
No lo podía creer, tanto tiempo esperando la respuesta, y hoy que la tenía, le inundó la tristeza. Como si se hubiera roto un encanto, y encanto era, ir a la cama todas las noches, soñando antes de dormir, que Fermina le estaba esperando a la puerta de su casa.

El Magdalena semejaba un río de plata, y los dos enamorados miraban más allá del horizonte. Buscaban un rincón en  la selva donde comenzar la nueva ventura.



4 comentarios:

ANRAFERA dijo...

Precioso rincón para iniciar esta nueva aventura.
Que tengas buena semana. Un abrazo.
Ramón

Darilea dijo...

El tiempo y la esperanza como río que se unen en el mar.

Miguel Bueno Jimenez dijo...

Querida Darilea, la esperanza es tan bella como los días de primavera.
Besos
Piedra

Miguel Bueno Jimenez dijo...

Amigo Ramón, en verdad es un rincón precioso, ya sabes que Pacanda es de ensueño.
Abrazos
Piedra