29 enero 2007

Historia de Julián y Eulalia




Julián fue a enamorarse de una moza del pueblo vecino, a cuatro leguas de Pacanda. Los sábados cogía la caja de los zapatos nuevos, y con ella bajo el brazo se ponía en camino pertrechado con sus albarcas. Al llegar al ventorrillo se cambiaba para entrar en el pueblo como un señor.
Eulalia, su amor, le esperaba en la ventana desde primera hora de la tarde. Quería ser la primera en verlo llegar y desde la mañana estaba impaciente por otearlo subiendo la cuesta del Santo Cristo.
Al llegar a la ventana, a Julián no le salía la voz del cuerpo. De la emoción le temblaba el labio y no podía articular palabra. A Eulalia no le importaba. Al ver el buen porte de su mozo, plena de gozo, tenía que sujetarse a la reja para que el temblar de sus piernas no le denunciase…
Así, mudos, quedaban los dos enamorados y mirándose a los ojos pasaban las horas sin sentir. Con las últimas luces del atardecer Julián acercaba su cara al alféizar de la ventana y Eulalia le dejaba un beso en los labios. Desde ese momento, Julián no movía un músculo de la cara para que el sentir no fuese a perderse. Caminaba despacio con el beso en los labios y sin volver la cara atrás, cogía cuesta abajo hasta adentrarse en la oscuridad del camino. No necesitaba luz, tenía los pasos contados, y aunque con cada paso que daba le parecía romper un sortilegio, llegó a su casa con la calentura en la boca. Había tenido suerte y al no cruzarse con nadie, a nadie tuvo que saludar y pudo guardar hasta la cama el beso que Eulalia le ofreció.
Entonces, despierto, dejaba correr su imaginación. Le gustaba soñar con la casa que había hecho para su Eulalia; tenía unas ventanas grandes, sin rejas, un gran banco corrido por toda la fachada muy bien blanqueado, una parra para dar sombra en verano, el horizonte de la mar a lo lejos y los picos de la sierra Arajimal tan cerca que parecían tocarse…
Si, es cierto. El hijo de Julián no lloraba. Se criaba como un bendito. Tragaba como un descosido. Se veía hacer. ¿Quién lo diría? Con esas teticas que tenía Eulalia que le cabían a Julián en una mano, y esos pezones duros como lanzas cuando los acariciaba su Julián.
El susto se lo llevaron cuando después de nacer, esperaban a la comadrona para que les hiciese los boquetes en los pezones. Nunca habían visto a una parturienta y no imaginaban que la leche salía por su ser.
-Anda, anda. Ponte al niño en el pecho y verás como sale el calostro.

Julián no creía en eso de los curas. Los curas eran cosa de ricos y para los ricos. Aún le dolía cuando en el entierro de su difunta madre, le faltaron dos duros, dos cochinos duros, y don Segismundo despidió al duelo en la primera cruz que encontró en la esquina de la primera calle. Por dos duros más, la habría acompañado hasta la puerta del camposanto para el último responso.
Aunque no creía en los curas, no quería dejar a su hijo sin padrino y él, quedar sin compadre, por eso pensó en bautizarle. Además su amigo Natalio le había dicho que sería generoso cuando los chiquillos cantasen eso de:
Padrino lagarto,
padrino lagarto.
Saque usted los cuartos
No lo gaste en vino.
Y échelos por alto….

21 diciembre 2006

Silencio en la plaza

Silencio en la plaza . Nerja

Se oía el silencio. Un rayo de luz entraba por el orificio de la ventana y formaba un camino donde las partículas de polvo entraban y salían a placer. De vez en cuando, una mosca atravesaba el rayo. Se hacia visible.
Un soplo de aire era suficiente para que las motas de polvo aumentasen su velocidad y pasasen por el camino raudas a perderse en la inmensidad de la habitación.
 El silencio era total, no circulaban coches por la carretera, y hasta que no entraba alguna bestia al banco del herrador no se escuchaba el repique del martillo en el yunque. Entonces se oía una música que no rompía la tranquilidad de la mañana.
Era un día de sol de invierno, la “recacha” estaba a tope. Todos los que no habían salido a trabajar al campo, se colocaban contra la tapia, al sol, protegidos del viento. Llevaban ya tantos días que no tenían nada que contar, hacía tiempo que había acabado la guerra. Las historias las tenían más que contadas. La rutina era diaria y hasta que no llegase la “temporá”, no había nada que hacer.
Durante la temporada era otra cosa, coincidía con el final del invierno, ya entrando la primavera, y el bullicio en la plaza cambiaba completamente.
Las reatas de mulos cargados de "cañadú" parecían no tener fin. Las bestias casi no hacían ruido, sólo se oía el ritmo del trote al caminar sobre el empedrado, conocían el camino y obedientes, no había que arrearlas. Todo lo contrario de cuando aparecía el carro de “Nazareno”, los bueyes eran muy torpes y la boca de José echaba lumbre, los votos retumbaban contra las paredes y parecían salir de la habitación, sobre todo cuando entraba al callejón de la Torna, donde su estrechez casi no permitía dar paso al carro.
El ingenio no estaba lejos y el humo de su chimenea inundaba todo el pueblo de olor a melaza. Muchos años más tarde, al pasar por Salobreña, recordaba al olor de juventud. En la vega del Guadalfeo, duraron los cultivos de caña de azúcar hasta nuestros días, y me venía a la memoria la retahíla de votos del “Nazareno”.
La “temporá” duraba unos meses, después de ella, ya no era lo mismo. Con el buen tiempo aparecían algunos coches por la plaza y los chiquillos formábamos remolinos a su alrededor, para ver con detalle la marca y todas las características. El que se llevaba la palma, era el "tiburón", nos parecía un coche de carreras y nos hacía soñar con recorrer otros mundos lejos de la tranquilidad de la Ermita.
Con los primeros coches aparecieron los primeros turistas, madrileños y franceses, que eran distintos a los forasteros que habíamos tenido hasta entonces. El ambiente de la plaza cambió.
La fonda de doña Rosario estaba a tope, ya no salían a la puerta sólo las vecinas. Los madrileños se unían a la tertulia y era más cosmopolita. La voz cantante la llevaban ellos y los del pueblo escuchábamos historias de otros mundos.
Lo que vino después ya lo conocemos, cerró la fábrica de azúcar, se acabó la temporá.  Nos dedicamos a criar turistas.
Por suerte también se acabaron las mañanas en la “recacha”.

Miguel Bueno

03 diciembre 2006

Paseo por Almijara en buena compaña


José “Pulguillas” apareció con un saco lleno a las espaldas, llevado como un zurrón, con dos tomizas de esparto sobre los hombros. Pensábamos dar la vuelta a la sierra, entrando por el barranco de los Cazadores a la Ventosilla, para seguir al Cuervo y bajar por el río Chillar. La vuelta sería en dos días, pero nos parecía excesivo el equipaje:
- ¿Qué traes en el saco?
- He echado los arreos para castrar. Si encontramos alguna colmena le sacamos la miel.
Además de José, subíamos “Carrucho”, el “Guti”, un inglés que se nos juntó y Miguel "el de la Plana” que suscribe.
En el barranco de los Cazadores, Carrucho nos mostró las covachas donde vivió en su juventud; donde ejerció de cabrero antes de entrar en la Guardería, y las galerías donde se refugiaba el maquis en la posguerra. José nos iba enseñando las plantas medicinales, desde la rúa a la mejorana, y nos explicaba cómo consumirlas para cada enfermedad.
Entre historias de curanderos y maquis llegamos a los Caños del Rey, donde manaba la única agua de toda esa zona de la sierra. Subimos a Navachica sin enterarnos.
Carrucho, antes de entrar de guardamonte, había ejercido de furtivo en sus ratos libres y aún oteaba a las monteses antes de verlas. Para mí que las olía a distancia. Nos señaló varios machos impresionantes, que después pudimos ver con sus prismáticos.
Al llegar al puerto de las Ventosillas nos encontramos con Alonso "el de la Civila” que tenía las cabras por esos pagos. El hombre hacía varios días que esperaba el hato, y al vernos parecía haber visto el cielo abierto, sobre todo cuando vio al “Pulguillas” vaciar su saco. Había echado hasta cafetera. Con la luces del atardecer cenamos como los dioses y charlamos al calor de la fogata. Alonso era callado, pero a Carrucho le gustaba el tema del maquis en la sierra de Nerja; no sé si el inglés cogía algo pero no se perdía puntada. Alonso en un momento, nos preparó bajo las estrellas unos lechos de alhucemas y la cama, aunque algo dura, olía a gloria. A mí me tocó dormir a su lado. Se pasó toda la noche:
- Miguel ¡qué noche tan calma hace!
- Sí, Alonso, se ven todas las estrellas.
El hombre estaba agradecido por la cena. Llevaba unos días sin comer caliente ni frío. Sólo tenía leche y el requesón, estaba esperando el suministro que no llegaba y no sabía cómo agradecer nuestras vituallas.
Al amanecer nos ordeñó unas cabras y con la cafetera de José... !ni en un hotel de lujo!. No sabía qué hacer para prolongar el desayuno con tal de no quedarse solo otra vez, pero no tuvo más remedio que despedirnos.
Salimos a Piedra Sillada, camino del Cuervo, por la cornisa. Con un pie en Granada, otro en Málaga y “los mismos” en mitad de la sierra. El “Guti” a pesar de su vértigo se portó como lo que es, un valiente, y pasó por la cornisa hecho un hombre, sin mirar atrás ni a los lados.
La bajada por el río Chillar fue dura, los caminos estaban cerrados y había que tirar por el agua, además se nos hacía de noche y el inglés nervioso se puso a correr. El Pulguillas nos tranquilizaba:
- !Dejarlo!, !dejarlo!, !ya parará! Nosotros a nuestro ritmo, cuando quiera oscurecer ya estamos en el carril.
- Las cosas hay que tomarlas con su tiempo.
Y me contó la historia del día en que se quedó sin poder salir de un tajo, donde se había descolgado para castrar unas colmenas:
- Cogí las albarcas y las revoleé. Encendí un cigarro y cuando acabé de fumar, tranquilamente, descalzo, salí con todos los arreos y la miel a cuestas.
Al llegar a la fuente del Esparto nos encontramos al inglés medio desfallecido. Nos despedimos con la intención de hacerle otra visita a Alonso, con más calma.
Más tarde me enteré que Alonso (q.e.p.d) se tomó unos días de asueto, bajó al pueblo y un coche lo envió más allá del puerto de las Ventosillas.

24 noviembre 2006

Pastor de caracoles

"Pastor de caracoles, cazador de vientos, médico de las incertidumbres, abogado de los jueces, profesor de calizas fétidas, policía de los pensamientos, sacristán de los ateos, comercial de la honestidad, basurero del mediodía, banquero de la letras, escritor del capital, poeta de los sentimientos."

Coquinas



Pastor de caracoles:
"El Búho" había emigrado a Barcelona. El hambre de la posguerra era mucha y le hizo salir del pueblo a buscar otros horizontes y, lo que son las cosas, añoraba el guiso de caracoles serranos que tanta hambre le quitó. Desde la capital escribió a su compadre "El Pulguilla" que le buscase unos caracoles en la sierra y se los mandase cuando pudiese. José "Pulguilla" salía a la sierra, echaba el día y volvía con el zurrón lleno de caracoles. En casa los pastoreaba con moyuelo y guardaba en jaulas de pájaro unos meses para, una vez limpios, ir mandandolos poco a poco a su compadre.

Médico de incertidumbres:
Salía a la calle pertrechado con su fonendo. Al oído tenía que averiguar todos los males. Un día apareció por casa para tratar a mi suegro diabético, que había perdido el sentido.
- ¿Le damos insulina?
- ¿Y si es por poca azúcar?
- ¿Le damos azúcar?
- ¿Y si es por hiperglucemia?
- Bueno ¿Qué?
- Vamos a dejarlo aquí sentadito, a ver si se le pasa.

Profesor de calizas fétidas:
Era profesor de naturaleza y cuando salía al campo con sus alumnos disfrutaba enseñando no sólo a mirar, sino a ver lo que miraban, a oler, probar o tocar todo lo que les rodeaba para integrarse con lo natural y no olvidar lo captado mediante el tacto, la vista, el gusto o el olfato. Les daba a probar las "vinagreras" para que recordasen que habían venido de África del Sur, (en algún pueblo aún las llamaban "hierba forastera"). Les hacía oler las calizas, para que pudiesen distinguir los mármoles fétidos. El oído lo tenía duro y le costaba identificar a los pájaros por su canto, pero les obligaba a quedar en silencio para escuchar el ruido del campo. Eran otros tiempos, cuando aún había alumnos que quedaban extasiados por el hecho de aprender.

Policía de los pensamientos:
Llevaba el uniforme de bedel como si fuese un general en plaza y en realidad era el que mandaba. Colocado a la puerta del instituto no dejaba entrar a nadie sin corbata, pero lo peor era cuando te veía llegar con el "Triunfo" en la mano, te leía tus pensamientos, y por no verle la cara, dabas la vuelta y te colabas por la puerta trasera. Había ejercido de guardia civil toda la guerra y posguerra, y se creía aún en el frente.

Comercial de la honestidad:
Ejercía de tendera y llevaba la cuenta de lo fiado, marcando mediante muescas en canutos de cañavera. Sin saber leer ni escribir, se valía para sisar a la clientela; si algún día había alguna duda en lo debido, ponía delante su honestidad y todo quedaba arreglado.

Sacristán de los ateos:
No creía ni en Dios, pero tenía que recorrer los pueblos para convencer a los curas de la necesidad de cambiar el reloj del campanario por otro nuevo, A veces le llevaba varios días, durante los cuales ejercía de sacristán detrás del cura para poder ganarse unas pesetillas. Entre viaje y viaje recalaba por la pensión "Villa Rosa" y sermoneaba a los estudiantes con las ventajas del ateismo.

Poeta de los sentimientos:
Escribía versos a su musa, una morena de trenza larga. Una tarde se citaron en la plaza Larga del Albaicín y aún hoy, está esperando en el fondo de su corazón.

09 noviembre 2006

Buscar la vida

Era un buscarse la vida. Pan para hoy, y mañana Dios dirá. Recorrían el pueblo pregonando su trabajo y ofreciéndose para vender, cambiar o componer.
¿Cuándo se perdieron estos oficios? ¿Quién fue el último en reclamar a voces, por una y otra calle, la atención de los posibles clientes? Nadie lo sabe.

¡Niña el laterooo! ¡Se componen latas, ollas, cacerolas, palanganas! Una larga retahíla iba pregonando el latero. Su negocio descansaba, sobretodo, en ponerle asas a las latas de leche condensada. Con ellas fabricaba pequeñas jarras para recoger agua, guardar el aceite frito o para usar a modo de taza de café. También remendaba culos de ollas y cacerolas que el uso había hecho casi inservibles. A veces, esos cacharros tenían más remiendos de estaño que parte original, pero se reciclaban y usaban.

El lañador, ¿quién no recuerda al lañador? Qué maña se daba en reparar lebrillos, orzas y tinajas de barro. Con qué paciencia unía los trozos con lañas y masilla, dejándolos en buen uso aunque con desigual estética.

¡Se atirantan y recortan somieres y colchonetas! ¡Se arreglan sombrillas! Pregonaba el sombrillero. ¿Desde cuándo no oímos su cantinela un lluvioso día de invierno? Si le salía un somier, echaba el día, lo tomaba con calma y ya no pregonaba más.

¡Al rico pirulí! ¡Y qué bonitos los pajaritos, con su colita y su piquito! ¡Aligera, aligera que me voy a ir!. Portaba sus caramelos con palito, hincados en un cono blando y alto que apoyaba sobre el hombro. Tan alto era que le sobrepasaba el sombrero, porque el hombre de los pirulíes gastaba sombrero negro de gamuza. Por una perra gorda podía darte un pajarito pequeño.

¡Macucas a tres la gorda y una la chica..! Recorría las calles, ya en verano, cuando el tiempo de las macucas, que habían sido recolectadas de las palmeras del “Chalet” de la Torrecilla. Por una perra chica te daba una macuca. Si le ofrecías diez céntimos te daba tres, (“marquétin” comercial).

¡A los ricos mostachones..! Pregonaban por las mañanas los hijos de Cachicuerno, que tenían permiso del maestro para llegar tarde y poder vender la mercancía antes de ir a la escuela.

Sin hacer ruido, cuando menos lo esperaba, aparecía el listero. Vendía ropa, muebles o cualquier cosa a plazos de peseta o de duro, diario o semanal. Sabía adaptarse a todos. Éste sí sacaba para vivir. Había temporadas que producía auténticas desbandadas en la calle. Las mujeres se escondían cuando la cosa estaba peor que negra: rachas de lluvia seguidas o porque los boniatos no los compraba nadie.

El afilador hacía sonar su monótona flauta, anunciando viento para mañana. Nadie tenía la explicación, pero a su paso se corría la voz de que al día siguiente habría viento. Con el curso del tiempo, aquel artilugio de dos ruedas que empujaba el hombre de la gorrilla, dejó de funcionar a golpe de pie. Los tiempos cambian que es una barbaridad y, al poco, el negocio se
asentó primero en una bicicleta y luego sobre un ciclomotor (la "amotillo"del afilaor). El afilador fue el único que progresó y no se lo comió el progreso.

El buhonero cambiaba las botellas por globos y otras baratijas. También se interesaba por el hierro viejo. Pregonaba: ¡Compro hierro viejo…!

Las arropías las vendía el arropiero. Qué bien olían. En su casa las fabricaba con miel de caña, y después las paseaba por todo el pueblo. Era a principios de mayo, por el día de La Cruz.

¡Miel de calderaaaa…! Gritaba el melero para ofrecer la miel de cañadú.

Al matutero no se le veía. Se dedicaba a pasar de matute por el Fielato las chacinas, el azúcar y demás productos de estraperlo. Era sacar unas perrillas al no pagar el impuesto de consumo. No había llegado el IVA.

El recovero recorría los cortijos y casas con dos grandes canastas, una en cada brazo, cambiando huevos por platos y tazones de loza.

El sillero. Sentado a la puerta del cliente, al menos empleaba dos horas en echarle el asiento de anea a una silla cualquiera. ¿Quién encuentra a un sillero desde que Cortés se marchó? Nadie.

El lechero también era un clásico. Paraba a sus cabras de vez en cuando para atender a las mujeres, que salían a la puerta de la casa con sus vasijas al reclamo del cabrero y por unas pesetas te rellenaba de espuma el cazo. Servicio a domicilio antes de llegar el “Internet”.

¡Helado, rico mantecado, helado! Los valencianos aparecían por el pueblo a principios de verano. ¿Cuándo van a llegar este año los valencianos? Buenos helados elaboraban. Unos días eran de fresa y mantecado, otros días tocaban los de chocolate y tutti fruti. El corte quedaba reservado a los pudientes.

El carro de los helados era toda una ilusión, y la voz del sonriente heladero tenía un timbre peculiar.

Ninguno hacía el agosto. Era un sacar para vivir, para ir tirando y quitarse, con sudor e ingenio, el hambre de la posguerra. Años duros en los que la única salida fue emigrar. Mucho tiempo, muchos años. Primero a las Américas y después, cuando aquello se puso peor, a Alemania o a Barcelona. Buscar la vida donde fuese.

Piedra y Lagartijo.

03 noviembre 2006

Dolores “La Reina”

Este día había convocado a los espíritus. Era un día gris, plomizo, lluvioso, no con una lluvia tranquila, llovía con aguaceros de tormenta y el empedrado de la calle relucía con cada relámpago. Parecía un día de invierno aunque estábamos en el mes de los difuntos.
Dolores temía que su difunto Paulino (que Dios guarde pronto en su seno), resbalase en esa calle y se esnoclase por segunda vez. Ya lo había hecho hacía 16 años y desde entonces vagaba por las calles del pueblo. Claro que ella lo tenía muy fácil, cada vez que sentía necesidad de consultar algo lo convocaba, y su difunto, a veces solo y otras acompañado de parientes, acudía a su llamada.
Hoy tenía lo de su Carmela y aunque el día no acompañaba era urgente la consulta. Carmela se había subido a la ventana antes de tiempo y el cura para casarla, exigía que fuese de madrugada y de color. El cura, como otros muchos, se había autonombrado guardián de las virginidades ajenas y no permitía que una preñada se casase de blanco.
A ella, lo de la madrugada no le parecía malo, casándose al amanecer, tenían todo el día para ellos y les podía cundir. No pasaba por lo del vestido, nadie tenía que pregonar la desgracia de su hija.
Parece que la estoy viendo, como si fuese ayer. Entraba en el cuarto largo junto al patio y dejaba la puerta entreabierta para que los espíritus pasasen cómodamente. Apoyada en la cañavera de la escoba, en una esquina, discutía con su difunto:

- A lo hecho, pecho.
- No es eso. Es que no es quien para meterse con el vestido.
- Mujer, no puedes discutir con el cura. El que manda, manda.
- Y tu hija, ¿Qué dice?
- Ella calla, lo que digamos nosotros.

Dolores, para salir a la calle, se colocaba su pañuelo negro en la cabeza y se le subía el orgullo a la cara, entonces parecía afilarse un poco más la nariz y la mirada se hacía más penetrante. Conocía que el poder suyo de convocar a los espíritus era sólo de algunos señalados y andaba muy erguida, como una reina.

(Dolores, ejercía de espiritista, consultando y transmitiendo recados a los espíritus. En el pueblo era conocida como Dolores “La Reina” y en realidad su prestancia era tan llamativa que el apodo le venía como anillo al dedo.)

30 octubre 2006

A las dos

Frasquito siempre sabía la hora que era. Miraba el color del cielo y te decía la hora. Todos los días al acercarse las dos, echaba mano de su reloj de bolsillo y comprobaba que eran los dos en punto, entonces levantaba el crochet y encendía la radio. La radio estaba en el centro del bazar, junto a la foto de la mili del hijo y a los platos y tazones de lujo que nunca se usaban, esperando un día de fiesta que nunca llegaba. De dos a dos y media se oía en silencio el flamenco.
Dolores parecía no escuchar, siempre estaba atareada con su trabajo, se movía sin hacer ruido. Para encender la lumbre, usaba un largo canuto de cañavera que al soplar avivaba el fuego y rápidamente colocaba la trébede para asentar en ella la olla.
Frasquito nunca cantaba, pero el rito de escuchar el cante era una liturgia, tampoco comentaba. A las dos y media en punto, al acabar el programa, apagaba la radio y la volvía a cubrir con el encaje, hasta el día siguiente a la misma hora.
Dolores no paraba. Mientras la olla hervía, llamaba a las gallinas que acudían rápidamente a recoger los granos de cebada. Visto y no visto, dejaban el suelo limpio. Si la olla tardaba un poco más, cogía la cesta de la ropa y zurcía alguna camisa vieja.
Frasquito cogía la botella de vino que estaba preparada con dos pequeños canutos perforando el tapón, y te invitaba a un trago a gañote. Entonces, muchos días recordaba su paso por el frente del Ebro y volvía a repetirte, 30 años después, los nombres y apellidos de todos los jefes de su compañía con algún detalle. Siempre te sorprendía su memoria, ahora pienso que quizás lo hiciese como un ejercicio para no olvidar.
Cuando aparecía el recovero era un día distinto. Traía dos grandes canastos de mimbre, uno lleno de loza con los platos y tazones, otro con los huevos que iba recogiendo a cambio de los platos. No podría decir cual de las dos canastas era más difícil de transportar. Venía de recorrer los cortijos del Rescate y el Cerval, en el término de Granada y estaba informado de todas las novedades en la costa. Aunque el hombre era callado, Frasquito le preguntaba por unos y otros, y acababa por hacerse una idea de las novedades en la comarca. Ese día se ponía un plato más a la mesa. En su honor a las tres en punto se encendía la radio para escuchar el parte.

18 diciembre 2005

Mis animales y otros recuerdos



El León comía aparte. No entraba en casa, a lo más que llegaba era a poner la pata en el escalón. No sé porqué cada día estaba más delgado, se le notaban todas las costillas, hasta que un buen día se murió. Frasquito lo ató muy bien y nos fuimos a enterrarlo al tablazo, en la pedriza, en un buen cucón. Lo sorprendente es que con nosotros vinieron todos los demás perros de los cortijos vecinos y no tan vecinos, algunos estaban a una hora de camino, y en silencio, sin dueños y sin ladrar nos acompañaron todo el rato del entierro. Ante mi sorpresa, fui preguntando a Frasquito:
- Este viene del barranco de la Iglesia.
- Este de río de la Miel.
- Este del cortijo de Doña Estefanía.
- Este de los Jiménez
- Este …
Y así hasta más de diez perros que nos acompañaron en el duelo, sin que nadie les avisase ni tocasen a difuntos.

El pájaro no tenía nombre propio, a lo más que llegaba era a pájaro perdiz, pero se le nombraba como “el pájaro”, como si fuese el único pájaro del mundo. Siempre estaba en su jaula, unas veces dentro de la casa y otras al sol de la mañana. Era una jaula cónica, con su comedero y bebedero en la que los movimientos del ave eran mínimos, casi venía justa para su cuerpo. Algunas tardes sí saltaba, parecía que nos conocía, era cuando volvíamos de cazar saltamontes. Si Dolores tenía un hueco, salíamos con una rama de bolina y un canuto de cañavera a buscar cigarrones por los alrededores del cortijo, en un momento llenábamos nuestros respectivos canutos y al acercarnos a la casa el pájaro cantaba y saltaba de alegría. El pájaro era una reliquia de tiempos mejores, cuando Frasquito aún cogía su escopeta y venía con dos o tres perdices.

Romero era noble, con su cuartilla de cebada entre la paja se conformaba. Si había que ir al pueblo, ese día, tenía un puñado de habas secas como premio. No daba ninguna guerra, se dejaba aparejar con parsimonia, era un rito en el que Frasquito se tomaba todo el tiempo del mundo, los caminos eran duros, de montaña, y el aparejo debía estar bien ceñido. Era el mismo mulo que cuando yo no era capaz de aguantar las dos horas de camino, me traía metido en el capacho, y ahora, cuando el viaje era de noche, sujetándome a su cola me llevaba sin ningún tropiezo hasta el cortijo.

La Liebre era tranquila, aún no sé el motivo de su nombre, aunque su pelo era algo tordo, y por eso quizás la bautizaran así. Con un celemín de yeros y lo que ella se agenciaba, todos los día nos daba leche para la familia, que se reducía a los niños, los mayores tomaban café de cebá (cebada tostada). Con el resto de la leche Dolores hacía queso, utilizando el cuajo del chivo del año anterior y la pleita de esparto para darle forma.

El gorrino vivía como un marqués, casi todos los días había mondas de papas que Dolores cocía y amasaba con afrecho para prepararle su comida, además tenía su ración de maíz y su poza para revolcarse. No se escatimaba en su alimentación, claro que todo era para su San Martín en que la fiesta la bailábamos todos los demás.

Las lagartijas tienen otra historia; con los primeros cigarrillos de yesca que fumábamos a escondidas y unas pajitas nos dedicábamos a insuflarle el humo del tabaco en la boca del infeliz animal, al que le entraba unas tembladeras que parecía el mal de San Vito. Mientras estaban drogadas, jugábamos con ellas con más pena que gloria hasta que después de un rato al sol se les pasaba el efecto.

El hurón no era nuestro, lo tenían en un cortijo vecino y me caía muy mal, no sé si porque se metía en las madrigueras a comerse los conejos o porque estaba atado con una cadena y me daba susto, o porque había escuchado que no estaba permitido tenerlo para las cacerías, el caso era que le tenía manía y no quería ir de visita a ese cortijo con el hurón en la puerta.

Los zorros habían criado en la loma Blanca, en una antigua calera frente al cortijo y todas las mañanas los veíamos retozar. El macho de barbas blancas, no se inmutaba cuando nos cruzábamos por el camino, sabía muy bien que estábamos de paseo y Frasquito no llevaba la escopeta.

Las mininas siempre estaban hurgando en la pila de orujo de uva, no se separaban mucho del cortijo, tenían una entente cordial con el zorro. Nosotros nos dedicábamos a poner nidos con huevos hueros entre lo pencales para que la recogida de la puesta no fuese muy difícil. Al atardecer, Dolores las llamaba, les premiaba con un poco de cebada y ellas solitas iban entrando al gallinero.

De los gatos no me acuerdo, hacían su vida, se buscaban su sustento y no se metían con nadie ni nosotros con ellos.

22 octubre 2005

No sé

"No sé si la vida es poco o demasiado para mí.
No sé si siento de más o de menos, no sé".

Álvaro de Campos.



No sé si vivía en Faluya.
No sé si soy negro saltando la valla.
No sé si estaba en el mercado de Bagdad cuando el coche bomba.
No sé si me han dejado en el desierto con una lata de sardinas.
No sé si viajaba en el tren de Madrid.
No sé si andaba por Cachemira cuando el terremoto.
No sé si en Guatemala se sufre tanta desolación.
No sé hasta donde llegó el agua en Nueva Orleáns.
No sé la diferencia entre nación y nacionalidad.
No sé si siento demasiado poco, o es demasiado para mí.
No sé.

04 mayo 2005

Nerja



Silencio en la plaza de la Ermita. Banco de herrador, compás del martillo en el yunque.
Recuas de mulos cargados de caña dulce, camino de la Torna a la fábrica de azúcar.
Río Chillar, piedras tan blancas como las sábanas al sol.
Recuerdos de olor a melaza y arropías. Niñez de fiesta en el día de la Cruz.
Miguelete y autobús. Campana de aviso en el silencio de la mañana.
San Juan en Burriana, Santiago en Río Seco. Verbena con sandías y gaseosa.
Chaparil camino de la Torrecilla. Merendero de Pepe Gómez, baños al amanecer.
Miguel Ramírez y Pitá, Citröen 11 ligero, camino a que te diesen las cagarrutas en la entrada de la capital.
El Krupp en la cuesta de calle Granada. Los muchachos a remolque del portalón.
El Añejo en la dirección y el Ñañaica al triangulo. Pastorales por Navidad. Copita de Machaquito, rosco y mantecado.
Feria de Nerja. Paseo arriba y abajo en el Balcón de Europa. Turrón y peladillas.
Cuarterón, y cuarto y mitad. Días de lluvia, migas de maíz con bacalao.
Puerta de la iglesia, bautizo: padrino lagarto, tire Vd. los cuartos, no se los gaste en vino y tírelos por alto.
Macucas a tres la gorda y una la chica. Aligera, aligera, que me voy.
Árbol Cerote, piedras pegadas con su resina en los tacones. Pasos en el silencio de la iglesia.
Olor a tortas, tahona de calle Nueva. Todo el pueblo a sanjuanear en el Tajo de Burriana.
Corpus Christi, día soleado. Niños de Primera Comunión caminando entre pétalos de rosa, macetas en las aceras. La Custodia brilla bajo el palio.
Madre superiora, nariz severa y corazón bondadoso. Dos palmeras muy altas a la espalda de la clase.
Pepe Juan. Triste tarde de domingo. Tenías que haberte venido al cine del cura.
Antonio, coge la rueda y vete a por el vino. Botella vacía en una mano, en la otra el gancho empuja a una llanta desnuda de bicicleta.
¡Pedro, a la jaula! Los municipales llevan al borracho al cuartucho de Roca en los bajos del Ayuntamiento.
Campillo de Vidrio. Largos calzones de fútbol. El Charrán asomado a la tapia para devolver el balón desde el cementerio.

Piedra y Lagartijo

08 abril 2005

Tajo Almendrón. Sierra Almijara. Nerja








 


Recorrer un valle glaciar, bordear una arista o escalar un pico piramidal parece una oferta excluyente de la Costa del Sol, sin embargo esa es la propuesta real que presentamos en la ruta del Almendrón.
Durante los periodos fríos del cuaternario, el anticiclón polar localizado sobre las Islas Británicas dirigía las corrientes frías hacia las costas atlánticas de la Península Ibérica. La corriente del Golfo (Gulf Stream) desviada hacia el sur, bañaba las Islas Canarias protegiendo los bosques de laurisilva. La tundra extendida por la península permitió la llegada de especies árticas al sur de España y muchas de ellas (Ranunculus glacialis, etc. ), han encontrado refugio en Sierra Nevada.
Las borrascas formadas en el golfo de Cádiz descargarían sobre las sierras costeras de las Béticas, y en las zonas protegidas de los vientos del Oeste se acumulaba la nieve originando cortos glaciares de abrigo que en el caso del barranco de los Cazadores, muy protegido y de gran pendiente, descendía hasta los 700m. de altitud.
El perfil transversal en “U” con netas hombreras y valles laterales colgados y el longitudinal con zonas de sobreexcavación muy patentes, determinan una morfología glaciar hoy retocada por la incisión de una estrecha garganta fluvial,
Los “derrubios ordenados” periglaciares a 350 m., confirma que el hielo durante los periodos fríos, cubría la zona costera gran parte del año.
Si la geología de relieve alpino, aflorando los mármoles en tajos con taludes cercanos a los 1000 m., resulta sorprendente, la flora no es menos atrayente.
La presencia de densos bojales (Buxus balearica y Cneorum tricoccum), la sustitución del pino carrasco (Pinus halepensis) por el negral (Pinus pinaster), pasando por una variedad nana del halepensis en el mismo límite termo-mesomediterráneo; y la recuperación del encinar (Paeonio - Quercetum rotundifoliae) sin peonías, a partir de los años 50 en que el butano vino a sustituir al carbón, nos muestra la riqueza botánica de la zona.

Explotaciones mineras

En los tajos más inaccesibles se observan a veces las bocas de antiguas explotaciones mineras. D. Alejandro Bueno (1907) relata, en su “Reseña histórica de Nerja, la esperanza que para el desarrollo del pueblo suponía las recientes denuncias de los yacimientos de galena en sierra Almijara. De todas las explotaciones, la de mayor rendimiento fue la localizada en el mismo barranco de los Cazadores, conocida popularmente por esa razón como mina “El uno”. Aún se conserva frente a la galería el pozo de explotación con una pequeña escombrera al pie, tan rebuscada que ese hace difícil reconocer el mineral extraído. El lavado se realizaba en la fuente del Esparto y el beneficio del mineral en la “fabrica de plomo” de Burriana, utilizando la misma playa para su embarque. Hasta nuestra generación ha llegado el traspaso de las denuncias, utilizando incluso la picaresca de extender restos de galena traídos ex profeso, para intentar aumentar su valor.
En los años 60 hemos conocidos pequeñas explotaciones de amianto (tremolita); en algún caso los sacos llenos de mineral quedaron para siempre en la sierra por la dificultad de su transporte. Es fácil encontrar fragmentos de mármoles con agregados radiales de tremolita, son muy abundantes en el camino antes de ascender al Almendrón.

Halcón peregrino. Falco peregrinus

Atalaya digna de un halcón, el Almendrón, con 1514m. de altitud a 8 Km. del mar, dominando desde un tajo con 1000 m. de desnivel el valle del río Chillar al oeste, el barranco de los Cazadores al este y toda la costa al sur, es la morada del dios Horus. Como los dioses egipcios eran de carne y huesos, en el pico Almendrón se encuentran egagrópilas, plumas y excrementos del halcón peregrino, que captura a sus presas interceptando su vuelo a una velocidad cercana a los 300 Km/h.
El peregrino anida en pequeñas oquedades de los cantiles, cerca de la cima, sin construir un verdadero nido, solo una pequeña excavación rodeada de piedrecitas. La puesta de cuatro huevos, es incubada por la hembra 32 ó 35 días, solo sustituida por el macho, cuando se retira un momento para alimentarse con las presas que le trae esta.
El menor grosor de la cáscara de los huevos desde el comienzo de la agricultura química (insecticidas, herbicidas, fungicidas, etc.) ha traído consigo una disminución radical del peregrino. Los huevos al ser más finos se deshidratan y rompen con facilidad, provocando la mortalidad de las crías. Reconocible en vuelo por sus alas estrechas, largas, puntiagudas y en forma de hoz, (en latín falx, y de ahí deriva falco= halcón), lo podremos observar sobrevolando las lomas del Imán.

* Para incrédulos, consultar :
- Bueno, M. Apuntes geomorfólogicos en Sierra Almijara. Propuesta de morfología glaciar. Actas I Reunión Nacional de Geomorfología. Teruel 1990.
- "Paleotemperaturas en el Mar de Alborán"; "Cambios climáticos bruscos"; "Mar de Alborán congelado". Bibliografía de : Cacho,I.; Martrat,B.; Gonzalez-Morales,B.; Sierro, F J.; etc.
- Para ver ejemplares enanos, hijos del Pinus halepensis var. nana del barranco de los Cazadores, consultar con el autor del trabajo.
- Más información sobre Pinus halepensis var. nana en: http://miguelbueno.blogspot.com/2009/07/pinus-halepensis-var-nana.html

17 marzo 2005

Granada y LLanes

Querido nieto:
Te mando estos desahogos. No son historias de viejo, son algo más que recuerdos.

Granada

¡Ay, mi Graná! De un salto rompíamos las filas para dar paso a las recuas de borricos cargados de arena.
Bendita rutina del jueves tarde. Cuesta Gomérez arriba y toda La Alhambra para nosotros. Agua fresca del aljibe y a la vuelta un refresco en el Jandilla.
Puerta del Sol, movimientos de caderas, mirando…. a Sierra Nevada.
San Diego empedrá, tarde tras tarde escuchando pregonar: ¡Mieldaaaa! Imposible que se venda. Al fin bajo, y pregonan: “¡miel de calderaaa!” Es miel de cañadú de mi pueblo.
Paseo de los Tristes. Noche de luna flamenca. Al cante el maestro Antonio Mairena.
¡Qué grandes y cortos los espumosos de La Carrera! ¡Qué colorido! Aún veo el juego de colores en el mostrador.
¡Ay, Plaza Larga!, qué plantón. Subía con mis ripios: ”Al pie de la almena, caí etc.…” ¡Qué morena, qué trenzas! Aún estoy esperando en el fondo de mi corazón.
Doña Carmen desde la cocina: "¿A quién le gustan los muslillos?” El compañero te quita la vez, “¡A mí, a mí!”. Y se encuentra en el plato las patas del pollo con todas las uñas, rodeadas de un poco de caldo.
Calle Elvira, quitando el hambre con un caldo de caracoles en el Palacio de la Sífilis.
Plaza del Triunfo, qué frío buscando la fuente en noche que estaba apagada.
¡Ay, tranvías que me llevaban al Charcón! y subía por el camino de la Estrella o camino de las estrellas.
¡Qué paseos a la fuente del Avellano con la madre de mis hijos!
Quiero dejarte claro, que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor.
Un abrazo de tu abuelo Miguel


Llanes

Puente de Llanes. La mar viene de ¿Poniente o de Levante? Bendito despiste.
Escuela de Piedra. Sueño yo, que soy maestro en ella.
¡Ay, casa Alejo! chigre, rebotica, trastienda y pomarada. Memoria viva del concejo.
Peña Turbina, qué escares, ¡qué amigos!, qué dicha.
Camino de la Güelga a Gulpiyuri. Ería. Paseos con mi mujer y mis hijos.
Dorilu, qué churrero, qué mítines, qué Hombre.
Procesión de Santa Olalla. ¿Era la tierra? ¿Era el cielo? ¿Era la color de la mar?
¡Ay, tertulias de la Chopera! madrugadas de orbayu. España?
¡Ay, romería de Santa Rita! Acordeón y gaitero. Setas. El baile con el Pera.
Y Luisa…

16 marzo 2005

Elogio del distinto


Nací en el límite. La frontera era Granada. De niño me gustaba jugar a caballo sobre los mojones y decir que estaba a la vez en Málaga y Granada.
En Granada me notaban raro el habla: "Tú no eres de aquí".
En Málaga me decían que no era malagueño. No he parado de dar explicaciones.
En Sevilla conocí maravillas.
Descubrí otras tierras y me hice asturiano en Asturias. ¡Cuantas noches compartí el mismo vaso de sidrina con ellos!.
Me hice turco en Estambul, con el recién conocido que me abrazaba llamándome fratelo cuando le dije que era español.
Egipcio en el Cairo, cuando hablamos que venia del Al-Andalus.
Canario cuando me preguntaban en Tenerife: ¿ De qué isla eres?
Marroquí en Marraquech, cuando se interesaban porqué era la tercera vez que les visitaba.
Holandés, sentado en un banco de una plaza de Alkmaar hablando con un holandés cada uno en su idioma y nos entendíamos.
Cubano en la linda Habana, disfrutando de ese castellano tan bonito a mi oído.
Italiano, saboreando la belleza de su idioma, charlando con ellos
De Tereñes, muchas veces en las romerías asturianas.
- ¿De Tereñes?
- Si, es que emigre muchos años a Venezuela.
- Ah.
Hoy que tengo amigos madrileños, suizos, holandeses, sirios, marroquíes, granainos, sevillanos, nerjeños, asturianos, catalanes, ingleses, vascos, yanquis...
No tengo patria.
Como me decía mi admirado Jorge Guillén:
- ¿Patria? ¿Cuantos muertos?
Cuando veo pasar por la calle donde vivo gente de todos los colores y de todos los sitios, me digo: este es mi mundo.

15 marzo 2005

Almijara : Sus hombres y su tierra




Mis recuerdos de las mujeres y hombres de Almijara, a veces no traen nombre propio, pero siempre aparecen con toda claridad.
Quedaron grabados, aún careciendo de nombre, los perfiles de aquellos hombres que al atardecer llegaban a la plaza Cantarero, para descargar no se cuantas arrobas de esparto en la cerca de Paco Ortega. Aún hoy, cuando recorro la Pandera de Garzón o tengo que volver desde los Caños del Rey, me parece imposible la imagen de dureza del trabajo que quedó tan marcada. en los ojos del niño.
No tienen nombres, los más de 100 hombres reunidos para trasladar una muela de molino, arrastrándola con la fuerza de sus brazos, a través de las Lomas de las Cuadrillas, a cambio de unas migas con cebolla. La imagen de trabajo colectivo, de ayuda desinteresada e incluso de fiesta por la común alegría del trabajo realizado, quedaron fijos en el muchacho que intentaba ayudar.
No recuerdo los nombres de los carboneros que encontraba vigilando el boliche, cuando liar un cigarro, no era fumar. Echar un cigarro era compartir, dialogar, crear un ambiente, tener un motivo y un momento para recordar, contar historias, en fin realizar el rito de la comunicación.
Recuerdo muy bien al recovero que recorría los cortijos cambiando platos y tazones por huevos, siempre me asombró como podía transportar por los caminos de la sierra aquellas enormes canastas, cada una en un brazo. Su capacidad de agradecer un detalle, alguna atención, aún me parecía más grande, que su capacidad de soportar el peso de tazones y platos.
Aparecen con nombres, cuando me mostraron lo que era hospitalidad en el cortijo de la Civila, o cuando compartía con Alonso, el lecho al sereno sobre lastones y alhucemas en el puerto de las Ventosillas; o con Carrasco, cansado de andar, pero con hambre, compartir su pan con tocino.
Recuerdo a José “Pulguilla” padre, el día que bajando del puerto de la Orza le encontré en los altos del Barranco de los Cazadores. No había subido más arriba, mientras sus hijos cogían mejorana en las Ventosillas, porque estaba recién operado de una hernia. Nunca tuve mejor profesor, de cada planta decía su nombre y explicaba sus aplicaciones. Cuantas veces le he recordado, buscando refugio de la lluvia en los abrigos que él me indicó. A su hijo José, tomándose todo el tiempo para castrar una colmena, o charlando juntos por los caminos de la sierra.
A Frasquito, relatando historias con una expresividad y riqueza de palabra, que siempre extasiaba.
Tienen nombre: María, Carmen Valderrama y Dolores.
Dolores, nombre propio que bien podía ser colectivo; en su olla siempre había comida, el preguntar. ¿Quiere Vd. comer? Nunca fue un cumplido, ni una forma de hablar. Sus días parecían tener cuarenta horas, y cada trabajo su tiempo, suya era la cabra, suyo el buscar los cigarrones para los perdigones, suya la casa, suyo el huerto, suya la costura, suyo el horno de pan hacer, suyo el encontrar cualquier cosa en cualquier momento, etc.
Y tantos nombres propios tan cercanos que muchos de ellos pueden leer estas letras.
Quiero dejar claro que: nunca tiempo pasado fue mejor. Pero ciertas cosas de aquellos tiempos bien merecen la pena recordar hoy.
El trabajo solidario, la hospitalidad, la ayuda, el compartir, el charlar, el enseñar, el cigarro del revezo, la dureza del trabajo no salen en este texto. En él a retazos, entrevemos las tierras de Almijara, y aunque será difícil hacerse una idea de su belleza, para algunos quizás sea sorprendente.
Si conseguimos que Nerja no viva de espalda a su Sierra y de vez en cuando vuelva la mirada hacia ella, nos daremos por satisfecho.


* Almijar: lugar donde se ponen las uvas para que se oreen.

Boda en San Antolín


El bisabuelo Armando Noriega Tereñes “el Chato del Cueto“, arribó a Serena, en San Joaquín. Durante unos años ejerció de chamán. Le fue relativamente fácil, sabía escuchar y siempre estuvo pegado a la pacha mama.
Desde que heredó un prado de su primera mujer, Olalla Ardisana Abanielles “la Texuca “, allá en los cuetos de Buda, conoció las ventajas de las altas cercas de piedra que protegen al maíz del viento gallego y le hacían granar en toda la mazorca. Aplicó la misma técnica en los huertos cercados por las dunas en San Joaquín y sus años de chamán en Serena fueron apacibles.
No recordaba con que “alias” se apuntó a las Américas. En el Mazuco le conocían por el “rubio de Buda” desde la época en que le hablaba a la hija de Ardisana “la Texuca”.
Había olvidado que cuando enviudó de su Olalla, tuvo un arrebato y soñó en hacer plata en otras tierras.
En el Mazuco no dejaba nada, los prados de la familia estaban tan divididos que ninguna partición llegó a él, y la majada de Buda que había recogido de su primera mujer tuvo que devolverla unos días después del entierro.
Sí recuerda el habano que fumó en Gibraltar, cuando estaba seguro de librarse de la guerra de Marruecos. Eso de matar moros lo había dejado para don Pelayo, que ya acabara con los de su tierra. Le parecía muy cercano aquel día, sentado en el puerto con las piernas sobre el agua, cuando su vecino le ofreció el habano, su primer habano, y se vió en otras tierras, con otras gentes, todas conocidas y compartiendo los tortos recién calientes.
No le gustaba recordar aquel viaje que desde el Musel, le llevó a las Américas pasando de Gibraltar a las costas de Guinea. Fueron meses en la bodega de aquel barco donde sólo había papas para comer, papas cocidas o papas medio asadas. Sólo papas. A su vuelta al Mazuco, vino a caer en la cuenta de que comía el cabritu con patatinas. Durante tantos años en las Américas no pudo probarlas.
No hizo las Américas, sacó un vivir. Antes de llegar a Serena recorrió muchos pueblos con aquella máquina fotográfica del pájarito. La había montado él mismo, siguiendo las instrucciones de la revista “El Mundo Moderno” que editara en Buenos Aires la “ Losada”. Los materiales los fue reuniendo en el chigre que regentaba su compadre en el barrio de Santa Eufemia.
Durante años visitó los colegios de barrios hacendados y por el regalo de dos ampliaciones a las monjas, le dejaban retratar a los chavales. Más tarde tenía que ir ofreciendo casa por casa, a las madres, aquellas fotos que había retocado a mano para mejorar el original.
Cuando el mapa plegable que acostumbraba a colocar tras los modelos, le quedó viejo por aquella reforma de Porfirio Diaz que mudara el nombre de varias provincias, (a San Joaquín ahora le llamaban Chiatas). Cerró el negocio, cambió el rumbo y arribó a Serena.
La abuela Herminia Noriega Abades, “la Alisa”, fue fruto tardío del último matrimonio de Armando Noriega. Este tras su vuelta al Mazuco, tuvo el acierto de recogerse en casa de Domitila “la Madrina”, donde conoció a Eulalia Abades. Por aquellos días, Eulalia ya casi cuarentona, había perdido muchas esperanzas. El encuentro con Armando fue reposado y como las tardes del invierno son muy largas, acordaron pasar por el monasterio de San Antolín, donde ejercía de abad un pariente lejano de Domitila, el prior Celestino Cuerres Cardoso, (ante Dios, fray Gumersíndo de la Santísima Trinidad y todos los Santos), que de seguro no tendría por válidos las diversas uniones de Armando en su otra vida americana.
A las seis de la mañana de un día sin orballo, quedó bendecida la unión de Eulalia Abades “la Acebal” y Armando Noriega “el Indiano”.
Armando, aún tuvo energías para drenar los prados de Eulalia en Lledías. Hasta entonces solo admitían un corte de hierba en veranos secos; pero no era hombre de tierras bajas, el trabajar con el horizonte cercano parecía agobiarle. Necesitaba levantar la vista, dejarla volar a la lejanía y de esa forma disipar su añoranza de aquellas tierras abiertas de San Joaquín.
Al poco tiempo, cambió los prados de Lledías por unas majadas en Pandiella, con derecho a pastos en la Tornería, frente a Peñas Blancas. Podía dejar correr la vista, ver su Mazuco a lo lejos, el sol poniente camino de San Joaquín sobre el valle de Ardisana y los senderos que formaba la mar frente al Bedón. Aquellos senderos que le hicieron andar por medio mundo sin perder el olor de esta hierba recién cortada.
Amadeo Bueno Cueto “el Nino”, encontró la cabaña de la abuela medio derruida, siempre la conoció igual. Aún cuando de niño subía el hato a su padre, recuerda que ya estaba en ruinas.
Junto a la cabaña que mirando al mar levantara su bisabuelo, sólo permanecían en pie los fresnos que alimentan el rebaño cuando la escarcha adelantada en su llegada, dejaba la hierba en su ser.
El día en que Amadeo se vio en los páramos de Soria, ni la luz, ni la lluvia, ni el aire tenía la color de los prados del bisabuelo. Recordaba el verde de los cuetos de Rales, el sol poniente sobre Riensena, la niebla en Posada la vieja y la mar con su horizonte abierto frente al Beón.
Hoy, Amadeo ha levantado la cabaña del bisabuelo Armando y cuando respira, toma el aire que le hará vivir en esa tierra de Soria que le da de comer.

Fotografía: monasterio de San Antolín de Bedón. Llanes. Asturias

13 marzo 2005

Historias de compadres


Sería sobre las ocho de la tarde, tenía que ser época de verano, había aún luz y estaba claro el horizonte. Miguelete se colocaba enfrente, delante de la fonda del Rosario y miraba a poniente.
- ¡Ya viene! , ya viene, por la cuesta Macaca.
Se producía una agitación entre las personas que esperaban, cruzaban la carretera y se colocaban alrededor de Miguelete.
- No, esas luces no son.
- ¿Cómo que no? Si ya ha dejado la cuesta macaca, está entrando en río Seco.
- Espero a mi novio que está haciendo la mili en el Ferrol, le tocó la Marina, tuvo mucha suerte, ahora viene con todo el petate, incluso el abrigo de paño. En Tierra no te dejan nada; claro es un año menos, pero no compensa, ya lo tengo equipado para muchos años. Su padre todavía tiene la capa de la mili
- No, yo sólo vengo para ayudar a Mariquita España, hoy trae mucha ropa de Gibraltar y me avisó para ayudarle.
- Y tú ¿a quien esperas?
- No sé, puede que venga hoy, no estoy segura. El barco llegaba a Cádiz el 25, pero no sé si ha podido llegar. Mi hijo quería hacer las Americas y ya gracias a Dios lo tengo de vuelta. Allí tampoco atan los perros con longaniza.
-Mi niño, fue con mi Paca al médico, tiene un grano malo en el cuello y Don Ricardo le dijo que mejor sajarlo en Málaga.
- ¡Al rico pirulí!¡Ay que ricos los pajaritos con su colita y su piquito! ¡A gorda, a gorda!
- Hoy viene Don Evaristo y su señora, son los madrileños que vienen todos los años a la fonda del Pilar, se quedan todo el mes aquí. Bajan a la Torrecilla, dicen que como Pepe Gómez no hay nadie quien fabrique las gaseosas.
- ¡Macucas a tres la gorda y una la chica!
Miguelete corría a tocar la campana. La Alsina estaba a punto de llegar y toda la gente como un resorte se colocaba delante de la fonda de San Francisco, esperando la llegada del autobús. A Cachicuerno, le quedaban mostachones de la mañana.
Compadre, además de Cachicuerno, también vendían tortas y mostachones por los años cincuenta unos hermanos que vivían en la calle de la Gloria, bajando a la derecha. Creo que el menor se llamaba Eugenio. El mayor, de aspecto tímido, era más moreno, alto y bizco, pero no recuerdo su nombre. Eugenio, que estaba en mi misma escuela, le pedía permiso a Don Sebastián para salir 15 minutos antes por las tardes para preparar la canasta con las tortas y mostachones. Así, cuando los niños llegaban a su casa de la escuela, ya estaban los hermanos pregonando por las calles su mercancía para la merienda. Me parece que esa familia emigró.
Otra familia que emigró fue la de Pedro el de las cartericas. Vivían en calle Angustias, justo donde ahora está el estanco. Pedro tenía su pequeña vivienda llena hasta la puerta de trozos de plomo y otros metales, que compraba para luego venderlos no sé si en Málaga o Vélez. Al cabo de algunos años, volvió de Francia el menor de sus hijos, un adolescente al que de pequeño siempre se le veía con las velas de moco bajándole de la nariz hasta el labio. Bien, pues este muchacho encontró trabajo de botones en el Marissal. Se le pudo ver durante un tiempo con su uniforme abotonado de color verde y su gorro redondo a juego. Pero parece que el trabajo le duró poco, porque unos meses después desapareció del pueblo. Posiblemente volvió con su familia.
Otra estampa de aquella época, y que sin duda recordarás, querido compadre, era la salida de misa de los domingos por la tarde. Cuando salían de la iglesia, algunos se metían deprisa en el viejo cine Olympia, que daba una función de tarde a las siete. Las películas eran anunciadas unos días antes en los cuadrillos que colgaban de su ventana los hermanos Luquita. Si la película era buena, la había traído Fossi; pero si era mala, la culpa era de Luquita. La gente jaleaba en el cine los puñetazos que daban los convois. Los que no iban al cine, se tomaban una gaseosa o una cerveza, o se compraban tres celtas cortos por una peseta en el kiosco de Ricardo para pasear un buen rato por el Balcón de Europa. Los menos, se plantaban en el kiosco de Juanito el confitero que, como te acordarás, estaba delante del cine e iban comiendo dulces; a veces la madre preguntaba: "niño, ¿cuántos te has comido ya?" ¡Qué ricos estaban los merengues y otros dulces rellenos de crema en forma de cuerno de la abundancia! El kiosco de Juanito tenía un anuncio que decía Ilsa Frigo. A las 9 y media de la noche había que estar en la casa para cenar y guardar el traje hasta el siguiente domingo.


Piedra y Lagartijo
Nerja, marzo 2005